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La isla de Zanzíbar y su capital, la Ciudad de Piedra, nos ofrecen la estampa de un África singular. En ellas se alternan las huellas de la colonia con las de los sultanes que vinieron de Omán.

zanzibar exploradoresEl nombre de Zanzíbar, que se desgrana con facilidad, evoca en nosotros ideas de lo lejano y lo exótico. En su sonoridad rica y líquida encontramos una resonancia y una vibración de un tiempo de exploraciones y sueños. Los mapas de África sólo tenían entonces nombres en sus orillas y muchos hombres dedicaban el tedio de sus largas horas la imaginar el latido oscuro del interior: las selvas brillantes y estepas extensas, los ríos caudalosos y razas populosas que habrían de llenar este espacio en blanco y sepia. Zanzíbar fue para ellos el punto de partida, la promesa optimista de organización y éxito en la aventura. En Zanzíbar se equipaban las expediciones que partían hacia el interior del continente en busca de grandes lagos y planicies. Aquí se contrataban porteadores y soldados y se compraban alimentos y también mercancías que intercambiar por derechos de paso.

En las calles fangosas de la Ciudad de Piedra los exploradores encontraron un último atisbo de orden y eficacia. Después recorrieron, a veces durante años, la sabana dorada y las selvas intrincadas y húmedas, pobladas de gritos agudos. Muchos de estos exploradores murieron en rincones desconocidos, lugares del mismo mapa en blanco que surcaban. Otros terminaron sus días en pequeñas casas de campo, soñando en sus lechos blancos con la amplitud del ocaso en África. De Zanzíbar partió en 1866 Livingstone, el más querido y también el más moral de los grandes exploradores, en su largo viaje hacia el interior del continente. Desde aquí iniciaría cinco años después su búsqueda afortunada el férreo Stanley.

De la isla partieron también Burto y Speke en busca de las Fuentes del Nilo, en una expedición que les depararía celebridad y conflicto. Este Zanzíbar de los recuerdos ingleses no sólo fue, no obstante, un lugar para la organización de la aventura y el descanso del retorno. También fue un centro de avidez colonial y de comercio. La Ciudad de Piedra albergó un mundo contradictorio. Sobre un laberinto de calles tumultuosas y coloridas, rodeadas de una vegetación brillante, se levantaba un mundo de ropas color crema, clubes y céspedes cuidados, de mosquiteros y ventiladores que aliviaban la atmósfera densa de las habitaciones. Esta imagen de la colonia sólo fue, no obstante, una parte de la historia de la isla: antes que un protectorado británico Zanzíbar fue un sultanato. En él convivió la opulencia más exótica con la crueldad extrema del tráfico de esclavos.

zanzibar sultanesDurante siglos los viajeros de oriente navegaron hasta aquí impulsados por el monzón en busca de riqueza: Zanzíbar permitía dominar el comercio en el litoral, desde Mogadiscio hasta el norte de Mozambique. Hasta aquí llegaron en primer lugar los pacíficos faluchos de los persas shirazi; siglos después lo harían las naves de guerra del sultán de Omán, que dominaron la isla. Los árabes, acostumbrados a los rigores del desierto, encontraron en Zanzíbar una tierra generosa: el suelo feraz les colmó de frutos abundantes; la opresión les deparó su cosecha continua de hombres y marfil. En las llanuras fértiles de la isla y del litoral los omaníes plantaron árboles de clavo y cultivaron la pimienta y la canela. Junto a las plantaciones construyeron palacios, baños y harenes con jardín. Las caravanas partían hacia el interior y regresaban cargadas de esclavos y cuernos de elefante. En 1833 el sultán reconoció al fin que su isla exuberante le resultaba más satisfactoria que el reino de origen: el sultanato se trasladó desde Muscat a Zanzíbar.

En una península donde los portugueses tuvieron una posta para sus galeones los árabes erigieron un sólido fuerte. Junto a él se levantó la Ciudad de Piedra. A lo largo de ella hallamos numerosos vestigios del dominio omaní. Junto al puerto encontramos el Palacio del Pueblo y la Casa de las Maravillas. Formaron parte de un complejo de tres palacios reales para el gobierno, el ceremonial y la residencia. Los sultanes podían practicar aquí sus aficiones más queridas: la conspiración y el lujo. Estos edificios estaban originalmente unidos por pasarelas: la familia del sultán no necesitaba descender al nivel de la calle. La Casa de las Maravillas, con sus cuatro plantas y sus fachadas blancas con amplios y sombríos pórticos, fue en su momento el edificio más alto del este de África. También fue el primero en disponer de luz eléctrica y ascensor. Hoy encontramos en ella deterioro y abandono: en su patio se amontonan los coches viejos; también, según cuentan los locales, numerosas urnas sin escrutar.

En muchos rincones de la ciudad hallamos las que fueran lujosas residencias de los mercaderes y traficantes de esclavos, algunas de ellas abandonadas pero con gran atractivo turístico. En la entrada de todas estas casas, así como en las de los prósperos artesanos y comerciantes indios, vemos puertas de madera finamente labradas: hay más de quinientas en la ciudad. La solidez de la puerta y la originalidad del dibujo se corresponden con la dignidad del propietario. De muchas de ellas sobresalen pinchos de hierro o latón: responden a la tradición india de defenderse del ataque de los elefantes. En la teca y el sésamo la flor de loto desea la tranquilidad del dueño; el pez, los tiempos de plenitud; la delgada cadena en el marco, la ausencia de la calamidad; el versículo del Corán, la cercanía de Dios.