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guía santiago de compostelaSantiago de Compostela se identifica con peregrinos y estudiantes, con curas y médicos. Pero en este “bosque de piedra”, las capas de los tunos y los hábitos de los clérigos esconden muchas cosas. Las descubrimos paraguas en mano.

Normalmente, el turista disfruta de su viaje cuando, al llegar a su destino, luce el sol y la temperatura invita al paseo en bermudas y camiseta. Pero si eso ocurre en Santiago, ese turista habrá tenido mala suerte. La capital de Galicia muestra todo su esplendor cuando está bañada por el “orballo”, esa finísima y pertinaz llovizna que alimenta el musgo de las centenarias fachadas compostelanas. Por algo se dice que es allí “donde la lluvia es arte”.

Pero no hay porqué temer a la borrasca: los soportales de las calles y plazas más céntricas permiten el paseo relajado por el centro de la ciudad, contemplando como el chubasco va esculpiendo constantemente los muros de pazos e iglesias y escuchando el estruendo de los chorretones que vomitan gárgolas y tejados. Casi siempre, el recorrido nos llevará hasta la Catedral, magnífico paraguas de la ciudad, donde puede visitarse la tumba del apóstol o maravillarse ante el románico del Pórtico da Gloria. Ante la fachada principal del templo se abre la Praza do Obradoiro, que reúne el monumental Pazo de Raxoi (sede del Ayuntamiento y de la Xunta) y el histórico Hostal dos Reis Católicos (considerado el hotel más antiguo del mundo). En una de las esquinas de la plaza, bajo el Arco de Xelmírez (o do Pazo), la sorprendente sonoridad de sus bóvedas convierte el lugar en el marco preferido para improvisadas actuaciones de “gaiteiros”.

De no encontrar pórtico donde guarecerse, el viajero debe visitar en Santiago de Compostela alguna de las numerosas tabernas de las rúas do Franco o A Raíña. Cualquiera de ellas servirá para mantener el cuerpo seco y el estómago contento. Atestadas de un público muy heterogéneo, desde universitarios bullangueros hasta ancianos feligreses, ofrecen un amplio repertorio de la sabrosa gastronomía gallega. Así, aparte de los mariscos (de una variedad casi infinita) y del pulpo (no hay que perderse el delicioso “polbo a feira”), conviene dar cuenta de la famosa empanada, para acabar con la ineludible tarta de Santiago regada con vino dulce. Pero para vino, el albariño o el ribeiro, servido en copas y obviando las típicas “tazas” de porcelana que ya sólo piden los amantes del folklore.

Sin embargo, quien quiera impregnarse de tradición va a tener muchas oportunidades en Santiago de Compostela. La principal es, sin duda, la ruta jacobea. Aun cuando se haya llegado en avión, tren o coche, siempre puede recorrerse a pie el último tramo del camino de Santiago (también llamado camino francés). Desde la Porta do Camiño, antigua entrada al recinto amurallado de la ciudad, es fácil encontrarse con peregrinos que suben por las estrechas callejuelas hasta llegar a la Praza da Quintana dos Mortos, donde se encuentra la Porta Santa de la Catedral (sólo abierta durante los años jacobeos). Ésta marca el fin de un trayecto que, según dicen, inició la vertebración cultural europea.