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visitar florenciaLa visita a Florencia exige mucho de nuestra atención y nuestra sensibilidad. En compensación, numerosos y apetecibles restaurantes y trattorías se nos ofrecen para recobrar energías.

Es sabido, y ya casi tópico, que el esfuerzo por abarcar los innumerables palacios e iglesias, cuadros y esculturas de Florencia puede producir en el viajero el “síndrome de Stendhal”. Unos viajeros intentan desentrañar con avidez las huellas del tiempo, otros apuran el deleite de la contemplación, otros más muestran un aplicado sentido de la obligación. En el Palacio Pitti, la galería de los Oficios y el Duomo, en las obras de Brunelleschi, Miguel Ángel o Vasari encontramos siempre una belleza única y distinta, a veces angélica y conmovedora. El resultado de la acumulación densa y apresurada de estos encantos en la estrechez del viaje es siempre el mismo: la imposibilidad de asimilar cabalmente tanta belleza nos aturde, algo inevitable al visitar Florencia.

De la exaltación o la euforia acabamos por llegar al desfallecimiento y, en algunos casos, a la tristeza. El cuerpo queda exangüe y decaído; la imaginación exhausta. Los síntomas del colapso requieren en primer lugar descanso; algún tiempo después necesitaremos recuperar el vigor. Así podremos volver a comenzar el asalto. En el centro de la ciudad, en la esquina de la vía de Neri con la vía Benci se encuentra uno de los lugares más encantadores para iniciar esta tarea de reposición. Es la Fiaschetteria Balducci: un local pequeño y muy agradable, con unas pocas mesas de madera y sillas de enea rodeadas por baldas con botellas de vino. También se puede comer de pie. El menú del día es muy recomendable en Balducci; su precio es además muy proporcionado.

Pared con pared tenemos otra opción muy atractiva: es la Osteria d´Benci. Sus mejores aciertos son las sopas y carnes a la parrilla. La mesas de la calle funcionan también a menudo en otoño e invierno: los florentinos acostumbran a poner estufas en las terrazas. Al salir de Balducci o de la Osteria d´Benci nos encontramos junto a la Piazza de la Signoria. En ella hay una réplica del David de Miguel Ángel; en un extremo se levanta el Palacio Vecchio. Poco más allá está el Duomo. La zona invita al paseo o a la conversación de sobremesa contemplando la calle, las fachadas, la gente. En una calleja recóndita junto a la plaza de San Simone (en la vía dell´Isola delle Stinche) encontramos la Gelateria Vivoli. Es una de las más célebres de Italia; la búsqueda merecerá siempre la pena.

En Vivoli no sirven los helados en cucurucho; usan, en cambio, pequeños vasos. No muy lejos, junto al mercado de San´t Ambrogio, en la vía del Verrochio, está el pequeño y elegante Café Cibreo. El café comparte cocina con un cuidado restaurante y una acogedora trattoria. Cenar en Cibreo es una decisión siempre feliz; no debemos aun así esperar encontrar pastas en la carta. Al otro lado del Arno buscamos el Palacio Pitti y la emoción de los frescos de Masaccio en la Iglesia del Carmine. Nuestras opciones para acompañar la excursión son de nuevo afortunadas. En la Piazza Tasso están Tranvai y Prutto, dos trattorías muy agradables. En la Piazza Scarlatti, muy cerca del río, Becoffino.

En Prutto no hay que dejar de probar la pasta con pescado: es excelente el Astice con Papardelle; lo mejor es compartirlo. Becoffino es refinado y moderno; la elegancia en él no es formal ni fruto de la impostura, se adivina más bien como un estilo de vida. Es un lugar para hedonistas y sibaritas. Hay una Italia en la que el diseño y la moda son tanto una obsesión como una manera de hacer las cosas: Becoffino es el lugar para atisbar lo que esto significa. Es posible, no obstante, que por el contrario nos queramos avenir con otra Italia, la de la expansividad y el bullicio.

El atestado bar que hay a la entrada del Mercato Centrale es quizás el mejor sitio para este encuentro con el ruido y la jovialidad en nuestra visita a Florencia. Una vez allí, los bocadillos de fiambre que vemos servir a decenas nos recuerdan que en realidad no hemos venido en búsqueda de atmósfera. Recorrer las calles de Florencia en busca de un sitio donde comer nos revela una oferta asombrosamente amplia: los ristorantes, trattorías, pizzerías, cafés y vinaios se suceden abigarradamente, a veces casi se amontonan. Todas estas propuestas nos resultan idénticamente apetitosas. Al hacer turismo Florencia lo que no debe sorprendernos: lo mejor de ella se nos muestra con una variedad tan sugerente que llega a resultar inasequible. También existe un síndrome de Stendhal para los gastrónomos, los aficionados, los hambrientos.