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ria villaviciosaVillaviciosa, Tazones, Colunga, Valdediós, Ribadesella… Pueblos asturianos de serena belleza. De los robustos pomarales surgirá la natural, frágil y femenina sidra para apagar la sed del viajero.

Si queréis conocer el alma de Asturias tenéis que poner los pies en Villaviciosa (a 42 km de Oviedo), pasear por el casco antiguo, acercaros a la ría y llegar hasta Cañedo-Cordal de Peón (a unos 10 kms de la población), desde donde podéis contemplar los majestuosos Picos de Europa. Resulta que este municipio puede presumir y presume de tener un gran patrimonio monumental además de ser un centro sidrero de primer orden. Meteros en la calle Sol, ahora ya peatonal, admirar las fachadas de las casonas, los escaparates llenos de tentaciones y desembocar en la plaza de Santa María, presidida por la iglesia de Santa María de la Oliva (siglo XIII) y atención, que en uno de sus capiteles aparece tallada la primera gaita, que es tanto como decir la quintaesencia de la asturianidad.

Antes de llegarse al mar, merece la pena el desvío de 20 kms en dirección Nava, para visitar Valdediós, bautizado así porque semejante conjunto arquitectónico sólo pudo salir de manos divinas. La iglesia, por ejemplo, que aquí llaman “el conventín”, data del 893. Está en medio de un prado verde que en invierno se encharca, surgiendo a veces de entre la niebla, como si fuera un sueño, su estructura de aire oriental. Frente a ella, la iglesia románica de Santa María y el impresionante monasterio cisterciense que ha sido restaurando con gran acierto.

Para descender hasta la costa y entrar en Tazones hay que bordear la ría de Villaviciosa, que va agrandándose con el caudal de otros riachuelos hasta desembocar en el mar. El paisaje verde, poblado de pomaredas (plantaciones de manzanos) va tornándose azul a medida que nos acercamos al mar. En este pueblo desembarcó el rey Carlos I a su llegada España en 1517. Nosotros lo elegimos como lugar de parada y comida, buscando refugio en las sidrerías del puerto. (La Nansa, Rompeolas, Manu…), son, creemos, acertadas sugerencias para que podáis saborear lo mejor y más fresco del Cantábrico.

Los culines de sidra, debidamente escanciados para que el líquido, al golpearse contra los bordes del vaso de boca ancha y paredes finas, evolucione y exhiba todas sus propiedades organolépticas, son el mejor acompañante de las rabas, los mejillones, las empanadillas, las tortillas de patata, los choricines picantes, el queso de Cabrales o el poderoso Afuega el pitu… Con sidra, la bebida nacional de Asturias, todos los maridajes son posibles.

Continuamos viaje hasta el pueblo pesquero de Lastres (a 26 kms), siempre siguiendo la costa. Ser generosos con vosotros mismos, aparcar el coche, quitar la música y daros un baño de paisaje. A un lado, los impresionantes acantilados de la costa y al otro, las laderas de las montañas, prados verdes salpicados de lirios en los que pacen vacas y algunos caballos asturcones. Lastres, como la mayoría de los pueblos de la cornisa cantábrica, está colgado de la montaña; las casas se asoman al mar formando una cascada blanca y verde que acaba en un pequeño puerto, hoy con poca actividad, pero en el que hace dos décadas descargaban los barcos atuneros y balleneros, creándose una floreciente industria de salazones y conservas que ha ido desapareciendo.

Muy cerca está Colunga, una villa marinera que sorprende por la majestuosidad de sus edificaciones, algunos auténticos palacetes modernistas. Las palmeras y otras especies botánicas foráneas revelan el origen de sus orgullosos propietarios, indianos que habían amasado una fortuna en América y regresaban a su tierra.

El final del trayecto es Ribadesella, la villa elegida por la aristocracia española y europea de principios de siglo como lugar de veraneo. Los edificios que bordean la playa, muchos convertidos en hoteles, son testigos del poderío económico de aquellos veraneantes. Para cenar en Ribadesella, lo mejor es ir de sidrerías. Dejaros guiar por el olfato y entrar en las que haya más parroquianos.

Al día siguiente, una visita al casco antiguo de la villa, declarado Conjunto Histórico-Artístico al tiempo que concertáis una visita a la Cueva de Tito Bustillo, cueva prehistórica, con pinturas y grabados similares a los de Altamira. Tampoco podéis perderos La Cuevona, en los Acantilados del Infierno, una enorme gruta natural que el agua ha ido formando en las rocas.