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viajar a SintraA treinta kilómetros de Lisboa, se levanta una de las ciudades más agradables de Portugal, Sintra. En ella encontramos un reposado mundo de bosques, palacios, jardines y quintas señoriales.

Para llegar a Sintra desde Lisboa es necesario atravesar un territorio monótono de suaves colinas y pueblos blancos. Este paisaje, unas veces árido y otras discretamente animado por cultivos, viñedos y olivares, cambia súbitamente al llegar a la ciudad. Allí los campos abiertos, a menudo sofocantes y algo desalentadores del llano dan paso una sierra húmeda y frondosa. En sus laderas, esparcidos entre bosques de árboles altos y finos, se distribuyen los barrios de la ciudad. La influencia benéfica del océano se deja también sentir: el clima es más ligero y agradable; las brumas velan la atmósfera del alba y del atardecer. Sintra siempre sorprende al viajero que llega a ella desde la llanura que la une con la capital. Todo resulta allí llamativamente grato; la frescura y verdor de sus montes infunde una sensación placentera.

La nobleza de Lisboa también debió sentir durante siglos esta impresión vivaz: Sintra fue el centro de veraneo y descanso preferido por la realeza y la corte. En las faldas de sus elevaciones se construyeron quintas y palacios y junto a ellos se levantaron parques y jardines, unos claros y regulares, otros umbrosos y extraños. Nuevos bosques de recreo poblados de especies exóticas fueron plantados; se abrieron caminos en la sierra que unían las quintas entre sí y en sus márgenes se edificaron miradores. Una nueva forma de felicidad se añadió a la que ya existía. Esta afortunada fusión se continúa apreciando hoy al visitar la comarca: en Sintra lo artificial y lo natural, el jardín y el bosque, se reúnen, se divierten, se refuerzan. El Palacio da Pena es quizás el lugar donde mejor podemos advertir cuanto hubo de imaginación y juego en esta transformación del paisaje. El edificio, que sugiere a la vez las formas del monasterio renacentista y de la fortaleza medieval, se alza imponente en lo alto un promontorio coronado por peñascos.

Desde él se domina todo el paisaje de bosques y quintas de Sintra. Este palacio, construido en 1840, materializa los ensueños, y quizás los delirios, de dos hombres: Fernando de Coburgo, a la sazón esposo de la reina María, y su arquitecto y amigo, el Barón de Eschwege. En él se reúnen todos los estilos posibles: hay minaretes árabes y fábrica mudéjar, muros neoclásicos, ventanas manuelinas (ese estilo renacentista y marino que sólo conoció Portugal) y torres góticas. Saramago ironiza sobre el “caos organizado” de esta “inesperada unidad de contrarios”: visto elemento por elemento, el palacio resulta “una demostración aberrativa de imaginaciones”; quizás sea necesaria la distancia para contemplarlo como el hermoso emblema que es.

Un amplio jardín rodea el Palacio da Pena. Casi todos sus rincones son frondosos y sombríos. Los caminos de tierra serpentean apaciblemente en su interior entre piedras musgosas; sólo en lo alto distinguimos los haces perfectos de una luz flotante y suspendida y los cantos de los pájaros. En un amplio lago el jardín se abre súbitamente a la claridad; en su centro hay una isleta con un torreón. Una estrambótica escultura del Barón de Eschwege vestido de rey medieval domina desde un altozano el parque; nos ayuda a delimitar con más precisión cuáles fueron las responsabilidades en el diseño de fantasía de la fortaleza. Descendiendo por el claroscuro de una risueña carretera jalonada de miradores llegamos a la vieja ciudad, y, dentro de ella, al Palacio Real. Sus dos chimeneas cónicas dominan la villa. De nuevo se amalgama en él una diversidad de estilos: mudéjar, gótico, manuelino.

Esta vez no hay impostura, una ley de necesidad determinó hace siglos la belleza de la agregación. Hay en su interior una Sala de los Árabes en la que adivinamos una maestría ya perdida en el arte del azulejo. En la Sala de Blasones nos deleitamos, en cambio, en la alegoría de la Corte que se representa en los paneles del techo: el escudo de armas del rey es un sol; los blasones de los infantes, sus satélites; los setenta y un escudos de las familias nobles, el universo. Originalmente se representaron setenta y dos escudos: la participación de los Távoras en la célebre conspiración de 1758 determinó que su escudo fuera cuidadosamente raspado. Sintra siempre ha ejercido un influjo cautivador sobre los viajeros extranjeros. Muchos decidieron permanecer para siempre en ella: un comerciante de diamantes holandés levantó el calmado neoclásico del Palacio de Setais; un matrimonio inglés dedicó más de cincuenta años a completar el capricho del jardín de Montserrate. Hay allí un pabellón mogol, fuentes etruscas, arcos romanos, templetes en ruinas, albercas con nenúfares, espesura, silencio.

Los románticos ingleses también sintieron una predilección singular por los campos de Sintra. Aquí vivió un tiempo Beckford, quizás el más oscuro e inquietante de todos ellos, el que supo al cabo hacer de su vida un cuento gótico. Durante unos meses se demoró aquí en su huida del escándalo, llevando una vida de hedonismo, apariencia y derroche. Años después le seguiría Byron, que transfiguraría este periplo de Beckford en su Peregrinación de Childe Harold. Los dos coinciden, con años de diferencia, en las mismas apreciaciones: Sintra tiene el verdor de una Europa más fértil además de una luz meridional y ansiada. Allí se siente “el dorado de la naranja, el florecer del mirto, la dulce fragancia de la hierba”. Ambos coinciden también en una aversión arbitraria, y a veces fiera, hacia los portugueses. Es la clásica dualidad de algunos viajeros del norte: el sur les resulta luminoso y apetecible, pero también, a veces, incomprensible, confuso, ruidoso. Nosotros, naturalmente, no tenemos ese problema. Antes de viajar a Sintra ya sabemos que sus palacios y jardines no es lo único que nos gusta.