Compartir

viajar a PondicherryEn 1954 Francia reintegró a la India el enclave colonial de Pondicherry. Sesenta años después siguen coexistiendo en él asombrosamente la cultura de la metrópoli y la colorida atmósfera local.

Hay dos ciudades en Pondicherry. La una es clara y silenciosa; la recorren rectas avenidas a las que asoman parques y jardines tranquilos. Ante esta ciudad ordenada refulge el mar; en ella domina un sentimiento cordial, relajado, sedante. La otra ciudad es abigarrada, hay en ella caos, variedad y vida. La gente atesta sus calles oscuras y aromáticas, comercia en sus aceras y se acuclilla en sus rincones; allí habla, trabaja y medita. Ambas ciudades las separa un canal, hoy en su mayoría cubierto de tierra. Al cruzarlo realizamos un itinerario extraordinario, el que lleva en un instante de Oriente a Occidente. Pondicherry, la ex colonia francesa, la ciudad india, es un lugar insólito en el mundo. Si en ella se amalgaman dos formas de vida, más sorprendente resulta aún la felicidad con que lo hacen: todo en esta ciudad resulta benéfico y amistoso.

Viajar a Pondicherry es ir a una ciudad regular, trazada a escuadra. La rodea un cinturón de amplios bulevares que se encadenan entre sí, siguiendo el trazado de las antiguas defensas de la colonia. En el Barrio Francés las calles luminosas avanzan desde el canal hacia el mar. Pondicherry es un lugar caluroso: estas avenidas aparecen suspendidas durante el día en un ambiente lento, aletargado, moroso. A sus lados encontramos las muestras apacibles de la arquitectura colonial: casas encaladas, de proporcionado dibujo, a menudo con sus puertas y ventanas rodeadas de un marco color albero. En sus muros trepa el contraste morado de las buganvillas.

En el centro de la ciudad está el Parque de la Gobernación. Entre sus paseos arbolados se distinguen las líneas serenas del Palacio de Gobierno. Desde el frescor de los bancos en sombra vemos a los jóvenes indios jugar a la petanca: el juego preferido de los estibadores de Marsella llegó hasta aquí de puerto a puerto, a través del mar. Poco más allá, en la calle Dumas, se levanta la fachada blanca y crema de Notre Dame des Anges; ante el océano, junto al faro, el Hôtel de Ville, el ayuntamiento de la ciudad. Al mediodía, los restaurantes tienden sus terrazas y mantelerías de cuadros ante el paseo marítimo; los becarios abandonan su trabajo en la Alliance Française; gendarmes con un kepis rojo y un ancho cinturón dirigen el tráfico; destella el bronce bruñido de las placas de las instituciones.

Cruzando el canal, a la misma hora, hay un mundo hirviente. Los puestos de los vendedores ocupan las aceras de las calles; es también habitual ver a los indios trabajar en ellas: allí encontramos sastres tomando las medidas de sus clientes; mecanógrafos que ayudan a rellenar instancias a aquellos que no saben escribir, o que incluso redactan para ellos sus cartas personales; planchadores con sólidas cajas de metal rellenas de ascuas.

Una multitud camina por la calzada. Las bicicletas sortean a los peatones; muchas veces son éstos los que las llevan a su lado, acompañándolas con las manos; junto a ellos pasan los rickshaw y los moto – rickshaw, veloces y ruidosos. Las casas de la ciudad india son pequeñas; en su interior oscuro adivinamos a menudo a los fieles hindúes orando en sus cuartos de pujah; allí se entregan a una religión privada de devoción y ofrenda. Estos mundos desiguales, aun bien avenidos en la diversidad del día, sellan su conciliación definitiva a la caída de la tarde en Pondicherry.

Cuando el sol se pone detrás de la ciudad, en el larguísimo paseo marítimo, asomado a un Índico reverberante, la gente se reúne en los cafés y se resarce en el camino batido por la brisa del calor apretado de mediodía. Allí se juntan occidentales vestidos de lino y penitentes sadhus vestidos de azafrán. Las familias indias, grandes y variadas, pasean, charlan y ríen; las mujeres llevan prendidos de jazmín en el pelo y saris brillantes. Abajo en la playa, las últimas familias de pescadores recogen sus artes. Pondicherry se recuesta entonces en una luz líquida y gris que se desparrama; ha terminado un día de convivencia y ya se aproxima el siguiente.