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viajar parque nacional paineEn los casi 2.500 km2 del Parque Nacional de las Torres del Paine, en la Patagonia chilena, senderos y refugios se pierden entre las enormes cumbres nevadas, los lagos y los glaciares. El verano austral va a comenzar y con él la mejor oportunidad de visitarlo.

Cuando Charles Darwin arribó a bordo del Beagle a la costa de la Patagonia registró en su diario el estremecimiento ante la vastedad salvaje de los hielos, vientos y fiordos, la emoción de unas “tristes soledades en que la muerte, más que la vida, parecía reinar como soberana”. En la Patagonia se suscita siempre una sensación dual: por un lado el sobrecogimiento ante lo salvaje, lo enorme, y lo extraño; por otro, la sospecha de que en esa vastedad y soledad asoma un emblema del balance entre la medida de nuestra propia vida y la fuerza e indiferencia del mundo. La naturaleza es aquí abrumadora: las ininterrumpidas colinas doradas dan paso a inmensos bosques oscuros, lagos y montañas nevadas, más allá el mar plomizo se agita en un laberinto de estrechos y canales, y en todas partes, omnipresente, el viento atronador, restallante, los cielos negros y las nubes hechas jirones.

El Parque Nacional de las Torres del Paine es sin duda uno de los lugares donde es posible apreciar mejor este encanto desmedido y extremo. Las crestas heladas, los glaciares, valles y ventisqueros, las praderas, lagos de azul intenso y ríos caudalosos se suceden a lo largo de su amplísima extensión. Rodear andando el Parque haciendo noche en los distintos refugios nos puede llevar casi diez días. Desde casi cualquier punto podemos apreciar las paredes descomunales de las Torres y, junto a ellas, los afilados pináculos de los Cuernos del Paine, relieves similares a las agujas de los Horns alpinos. Entre los picos aparecen suspendidas blancas y alargadas lenguas glaciares que en su retroceso de miles de años han ido formando una escalera de extensos y profundísimos lagos, como el Pehoe o el Nordenskjöld. Grandes cascadas, atravesadas por el caudal enérgico y feroz de los ríos que intensamente alimenta el deshielo, los unen.

Sobre el lago Grey el glaciar rompe enormes bloques de hielo. Si giran en el momento de desprenderse, el azul puro de la base del glaciar se alza sobre el agua, dando lugar a una mole añil y fantasmagórica que se desliza en la superficie. Estas montañas de hielo, que a veces asoman más de veinte metros sobre las aguas del lago, navegan a lo largo de más de diez kilómetros hasta varar en el playazo de grava de la orilla opuesta. Allí se derriten pasando por una muerte de formas insólitas. Los más grandes de estos icebergs nunca alcanzan la playa, quedan varados, impotentes y extraños, en el agua cercana.

En las praderas de la base del parque y a veces en las altas punas pastan miles de guanacos. En invierno son acechados por los grandes pumas que descienden hambrientos de las alturas. En las soledades negras del bosque resuenan permanentemente las labores de los pájaros carpinteros, audibles a cientos de metros, silenciosos cuando nos aproximamos. En lo alto es posible ver los amplios y fáciles círculos de los cóndores.

En 1890 el reverendo Thomas Bridges fue el primer occidental que se interesó por la lengua que hablaban los indios yaganes, antiguos habitantes de estas tierras. Su labor se recoge en un voluminoso diccionario. Descubrió sorprendido que los indios hablaban un insólito lenguaje plagado de asociaciones: la metáfora, irremediablemente ligada al terreno y a las costumbres, era la figura común. Para ellos una herida era una ciénaga; la enseñanza, un deshielo. Resulta extraño constatar que los habitantes de esta tierra de hermosa y violenta desolación se nombraran a sí mismos con confianza. Los vivos, los que respiran, los que son felices, los que están en sus cabales; ésos eran sus nombres.