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viajar a oporto

Cuando los romanos llegaron a la costa atlántica de Iberia, poco después de haber descubierto el fin del mundo de la época (el cabo de Finisterre), fundaron dos colonias en el fértil valle del Duero, situado algo más al sur: Portus y Calem. Con el tiempo, la riqueza del terreno y la tenacidad de sus gentes dieron tal importancia a esa región que acabó rebautizando la antigua provincia de Lusitania como Portugal, derivación de Portu-Calem.

Viajar a Oporto es hoy en día visitar una ciudad heredera de mucha historia y tradición. Hablar de Oporto es sinónimo de hablar de su célebre vino dulce. Y la verdad es que la relación entre ese preciado caldo y la ciudad es omnipresente. Sobre todo si dirigimos nuestros pasos, bajando por pronunciadas pendientes, hasta el barrio con más sabor de la capital: a Ribeira.

Aquí, a pie de un ancho y cansado Duero, se arraciman innumerables tabernas y restaurantes típicos de variable categoría, repartidos por las estrechas callejuelas que cruzan o rodean la antigua muralla. Cualquier terraza será buena para paladear un oporto (aunque no saldrá barato) y admirar el impresionante puente de dos pisos Dom Luís, atribuido a Gustav Eiffel aunque en realidad es de su discípulo Teophile Seyrig. Vale la pena cruzar ese puente por su tramo superior y contemplar la panorámica sobre el casco viejo de la ciudad, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

En el otro lado del puente se encuentra Vila Nova de Gaia, en cuya ribera se alinean más de cincuenta bodegas (caves), muchas de ellas centenarias y casi todas visitables. Desde aquí, las vistas sobre la Ribeira son impagables. Para completar la postal, unos cuantos barcos rabelo, que tradicionalmente transportaban los toneles de vino, suelen mecerse sobre el Duero como testigos del pasado.

Pero no sólo de vino vive Oporto. Aparte del tópico según el cual mientras Oporto trabaja, Coimbra estudia, Braga reza y Lisboa se divierte, la ciudad ofrece otros atractivos que el visitante va desentrañando a medida que pierde sus pasos por los distintos barrios. El común denominador de todos ellos es una arquitectura sólida, a menudo de influencia inglesa como en la Praça dos Aliados, y un robusto estilo barroco que asoma por muchos rincones, obra en la mayoría de ocasiones del arquitecto Nicolau Nasoni.

En este sentido, la Torre dos Clérigos, atalaya de la ciudad, es el mejor exponente y una razón más para viajar a Oporto. Su contrapunto se halla en la magnífica Cámara Municipal, de innegable regusto flamenco. Otra característica notoria es el uso del típico azulejo portugués: las fachadas de la Capela das Álmas, en Rua Santa Catarina, y el vestíbulo de la Estaçao de Sao Bento, en Praça Almeida Garrett, son dos ejemplos que dejarán boquiabierto al viajero.

En cuanto a la gastronomía, aviso para navegantes: los autóctonos son conocidos como los “tripeiros” puesto que su plato típico son las “tripas à moda do Porto”. El origen del mote tiene su miga: en el siglo XV, cuando el ejército portugués se lanzó a la conquista de Ceuta, los habitantes de Oporto colaboraron cediendo las mejores viandas a las tropas y dejando para su propio consumo las tripas de los animales. De ese hecho se generó una costumbre que sigue viva hoy en día. Pero para los que no sean forofos de ese manjar, existen múltiples opciones, desde el ineludible bacalao hasta la pintoresca “francesinha”, una especie de sandwitch muy popular entre los portuenses.