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desierto namibEntre las dunas y pedregales del desierto del Namib y el océano podemos encontrar una tierra insólita en la que se mezclan focas y elefantes, ciudades germánicas, minas de diamantes y restos de naufragios.

El desierto de Namib se extiende a lo largo de casi dos mil kilómetros, desde las orillas del río Kunene en Angola hasta la boca del río Orange en Sudáfrica. Ocupa una vastísima y estrecha franja de tierra: al oeste termina abruptamente en el océano gélido, hacia el este asciende suavemente hasta las primeras montañas del continente. Es un mundo desolado y silencioso; en lengua nama “el lugar de nadie”: centenares de kilómetros de costas solitarias batidas por el oleaje, mares de dunas multicolor, monótonas planicies de grava y piedra, campos de yeso frágiles y brillantes, montañas rocosas que se yerguen aisladas.

El mar helado y la tierra ardiente se asocian aquí de manera paradójica, formando una unión atemperada y benéfica. Los vientos cálidos que soplan desde el interior alcanzan las aguas gélidas de la corriente de Benguela. En compensación, al comenzar el día, soplan desde el océano vientos frescos y húmedos, suavizando las temperaturas. Al alba se levantan bancos de niebla que penetran en el continente decenas de kilómetros: la planicie y las dunas toman entonces un aspecto indefinido y leve, como en un sueño, hasta que el calor restituye su persistencia ocre y dorada. Este juego del aire frío y cálido es el que suaviza la desolación y trae al Namib la vida.

Welwitschia Mirabilis
Welwitschia Mirabilis

Las formas de la capacidad de adaptación en este medio singular son innumerables, algunas de ellas prodigiosas. En lo alto de las dunas, al amanecer, escarabajos diminutos se alzan y condensan en sus caparazones la niebla; el agua se desliza sobre sus espaldas hasta sus bocas. En algunos rincones es posible encontrar la célebre y extraña Welwitschia Mirabilis, el milagro del botánico Welwitsch: su tronco se hunde varios metros en la arena, sus dos hojas carnosas se amontonan desordenadamente en la superficie. Algunos ejemplares viven cientos de años. Los avestruces y las gacelas gemsbok regulan cuidadosamente su transpiración durante días hasta encontrar alguna charca milagrosa y esporádica.

Otras veces la vida se manifiesta aquí espectacular y contundente: decenas de miles de focas se aparean y crían en la costa; en las lagunas salinas junto al mar se alimentan con tranquilidad gigantescas bandadas de flamencos. Es también posible ver elefantes en las dunas: se deslizan por ellas a velocidad asombrosa, formando surcos con sus patas traseras. El mejor lugar para apreciar estos prodigios es el inmenso Parque Natural Namib-Naukluft. Allí están las dunas más altas del planeta. Llegan a medir más de trescientos metros de altura. Junto a la costa sus arenas son doradas y amarillas; en el interior la oxidación las vuelve ocres y rojizas.

También se encuentra allí el cañón de Sesriem; en holandés, “de las seis correas”. Es el número de ellas que era preciso anudar para alcanzar el agua de su recóndito pozo. Al sur del parque se hallan las minas de diamantes de Oranjemund. Este área extensa está alambrada y el acceso es restringido: los diamantes por su poco peso y su alto valor pueden tornarse extrañamente volátiles. Cerca de las minas, junto al mar, se levanta la ciudad de Lüderitz, la que fuera centro original de la colonia alemana de la Deutsch Sudafrika. Es una ciudad pulcra y pequeña, de afilados tejados rojos, con iglesias luteranas y cervecerías de madera, un injerto sorprendente en el desierto polvoriento. Junto a ella está Kolmanskop, donde se realizó la primera explotación diamantífera del país. La ciudad llegó a tener un gran teatro y un casino. Abandonada en 1956, hoy yace semidevorada por la arena y la intemperie.

Hacia el norte el desierto se vuelve por fin una franja estrecha e inacabable, un pedregal gris y yermo de largas e imperceptibles pendientes y declinaciones al que asoman montañas lejanas. Es la Costa de los Esqueletos, un país muerto y desalentador; en él reposan desmembradas las osamentas de los animales que se internaron en este páramo. También yacen, destrozados por el oleaje y golpeados por la arena, los restos de los barcos que aquí naufragaron por efecto de las tormentas, las nieblas espesas y las marejadas. Ante estas estructuras se capta de un vistazo la suerte irónica de los que pudieron escapar de la turbulencia y la confusión, su aprendizaje súbito y terrorífico, privilegiado, de los contrastes del Namib, del desierto y el mar.