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viajar a marruecosMarruecos es un país lleno de contrastes y extremos. La fertilidad y verdor frondoso del norte contrasta con la sequedad del sur; el frío y las nieves del Atlas, con el calor esencial del desierto; las turísticas playas y las atestadas ciudades, con los solitarios paisajes del interior, la piedra y la arena. Desde el norte verde y fértil, pasando por el montañoso y pedregoso Atlas, el viajero atraviesa muy diferentes territorios hasta llegar al sur de dunas y palmeras, donde el valle del Drâa ofrece las mejores panorámicas.

Ouarzazate, punto de partida

Para visitar el sur de Marruecos es poco menos que imprescindible pasar por Ouarzazate. Es la capital de la región y un centro turístico de importantes dimensiones cuya influencia se extiende por el valle del Drâa y el valle del Dadès hasta la frontera con Argelia, incluyendo las montañas del Jebel Sarhro. Cualquier aventura es posible desde esta ciudad de nombre difícil de pronunciar.

El interés por Ouarzazate -llena de hoteles de lujo y tiendas para turistas- se centra en la kasbah de Taourirt y sus alrededores. Las kasbahs, fabricadas en adobe, son fortificaciones históricas de las gentes del desierto, quienes las utilizaban para defenderse de los ataques de enemigos y para almacenar las preciadas y limitadas cosechas; además, también albergaban los palacios de los gobernantes. Taourirt fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

En los alrededores de Ouarzazate, otras dos kasbahs son muy dignas de ser visitadas. La kasbah de Tifoultoute se encuentra a unos siete kilómetros de la capital y, aunque actualmente está destinada a hotel y restaurante, se puede entrar en ella. Además, esta edificación ofrece unas vistas espectaculares de Ouarzazate y de sus alrededores.

Finalmente, a una treintena de kilómetros de Ouarzazate se encuentra el que probablemente sea el monumento más destacado de todo el sur marroquí, la kasbah de Aït Benhaddou. Esta fortificación está sorprendentemente bien conservada, gracias a una todavía más sorprendente razón: ha sido escenario de más de veinte películas de Hollywood, algunas tan famosas como Lawrence de Arabia o Jesús de Nazareth. De hecho, más que conservada, está reconstruida en una gran parte.

Un paseo a primera hora de la mañana por sus callejuelas y sus edificios es relajante y proporciona visiones imborrables de los detalles del trabajo realizado en adobe por los constructores. El paseo tiene como fin ineludible la cima del montículo sobre el que está ubicada la kasbah, desde donde se tienen unas vistas espectaculares de la hammada (desierto de piedras) que rodea Aït Benhaddou.

El valle del Drâa

Más de cien kilómetros de palmeras a ambas riberas del oued (río) Drâa conforman uno de los valles más espectaculares de Marruecos. El valle del Drâa produce un efecto de sorpresa en el viajero, que llega de recorrer cientos de kilómetros bajo un tórrido sol por un pedregoso terreno desértico, sin apenas vestigios de naturaleza, para encontrarse de repente con el panorama inesperado de miles de palmeras.

El Drâa es el único elemento que asegura la vida en este entorno hostil y amenazador. Si las temperaturas se elevan hasta los 40º C, siempre habrá una palmera dispuesta a proporcionar su refrescante sombra; si el árido terreno abrasa los pies sin piedad, siempre habrá algún arbusto para cobijarlos. El agua del Drâa, en la mayoría de su largo trayecto desde sus fuentes en el Alto Atlas, viaja tímida a través del subsuelo, sin mostrarse al exterior como algo importante. Sin embargo, las cerca de 200.000 personas que subsisten gracias a ella le reconocen ese papel cuasi-divino.

La fertilidad de los palmerales del valle del Drâa tiene su máxima expresión en los 95 kilómetros que hay entre Agdz y Zagora. Los nativos lo saben y lo aprovechan. Los cultivos están trabajados por muchos hombres y mujeres, mientras una gran cantidad de niños intenta vender cestitas de dátiles a los turistas en la carretera.

Una buena manera de hacerse a la idea de la vitalidad y fertilidad de este valle, en comparación con su entorno, es recorrerlo en coche por la carretera principal, atravesando lentamente las aldeas. A lo largo de toda la vía, y mucho más en las aldeas, se puede presenciar el bullicio y el ajetreo de las gentes y los animales y comprobar que, realmente, la vida aquí se mueve.

Y donde más se mueve es en la capital Zagora. Fundada por los franceses en la época de las colonias, actualmente cuenta con unos escasos 15.000 habitantes y es un centro de operaciones exótico e ideal para embarcarse en interesantes excursiones por los alrededores.

Dunas en Marruecos

Las dunas producen un efecto hipnótico en las mentes de sus visitantes que es muy difícil de describir. Alguien que no haya estado nunca en el desierto no entenderá que uno se pueda quedar quieto, en lo alto de una duna, durante un buen rato… mirada fija… escuchando el silencio… soportando sin esfuerzos el sol abrasador. A quien haya visitado las dunas, no le extrañará lo más mínimo esta actitud hechizada.

Uno de los sentimientos que te embargan cuando te encuentras en medio de un campo de dunas es el de pequeñez, de sumisión ante la infinidad del entorno. Es altamente recomendable avanzar unos pasos y probar la experiencia de encaramarse hasta lo alto de una de estas moles de arena… lentamente, pues el propio terreno inestable no permite moverse con agilidad.

El viento es otro elemento de las dunas. No existen obstáculos ni limitaciones para un viento con nombre de semidios: Siroco. Cuando sopla, las dunas se mueven subrepticiamente, al ritmo de los embates de este viento caliente, seco y traidor… puede estar soplando con fuerza varios días, provocando las temidas tormentas de arena, que se introducen entre los pliegues de las ropas y las junturas de las cámaras con una facilidad pasmosa.

Ante el Siroco, no parece haber solución alguna. Las gentes del desierto sólo pronuncian una palabra cuando se les pregunta dónde cobijarse del viento: haima. Las grandes tiendas decoradas con bellos ropajes interiores protegen desde hace siglos a los habitantes de las dunas del viento y del sol. Pasar la noche en una jaima es un placer que no debe pasar de largo al viajero.

Un paseo corto en una noche tranquila -y fresca- desde la jaima hará que el visitante se encuentre con otro de los elementos definidores del mundo propio de las dunas. Pararse tras unos pasos, escuchar con atención y oír… el silencio. Un silencio integral, sin dudas ni vacilaciones… un silencio que da rienda suelta a los pensamientos más trascendentes de uno mismo.

Marrueco, tierra de palmeras

Todo el mundo sabe lo que es una palmera. Se ven cada día en muchas de las grandes ciudades europeas, adornando paseos, calles y plazas. En la acera de una vía rápida, palmeras; en el aparcamiento de un supermercado, palmeras; en el vestíbulo de un aeropuerto, palmeras… ¿Por qué entonces uno no llega nunca a hacerse la verdadera idea de lo que es una palmera hasta que se la encuentra en el desierto?

La palabra palmera cobra un sentido muy diferente en el valle del Drâa, en Marruecos. Allí, los dátiles son el principal recurso económico de la población. Los de las palmeras de esta zona son muy apreciados y su cultivo es la actividad más extendida entre los habitantes.

Además del interés pecuniario, las palmeras del valle del Drâa y alrededores aportan mucho a la vida, tanto de los autóctonos como de los turistas. Para el viajero, cansado del paisaje arrasado por la arena y la piedra, llegar a este monstruoso oasis de más de 100 km es un refresco para todos los sentidos, empezando por la vista. Para el nativo, la gran mayoría de las relaciones sociales se llevan a cabo a la sombra de las palmeras, único lugar donde es posible sentarse a charlar con un amigo, o simplemente detenerse a ver pasar el tiempo.