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viajar en trenLas estaciones de tren son el escenario más representado de continuas despedidas y encuentros. Son el inquieto espacio de adioses y saludos incesantes a ciudades, amores, amigos y paisajes descubiertos. El tren es un medio muy sentimental y es el transporte de los viajeros.

Llegar a una ciudad por primera vez en tren es como llegar despistado, sin saber ubicarse en ella. A veces, llegar así es una ocasión única para divisar alguna de sus caras menos anunciadas en las guías. Hay trenes que alcanzan las ciudades por detrás, quedando el viajero abandonado en su orilla; a veces a uno le llevan hasta el centro, admirado, sin previo aviso, amaneciendo desde un túnel bajo la ciudad, o cruzando por amuralladas avenidas de raíles.

Puerta de entrada y salida, la estación es el primero y a veces el único asidero antes de adentrarse de lleno en el destino del viaje. Nos ofrece las referencias iniciales: un plano, la hora y la altitud para ubicarnos. Puede llegar a convertirse en un primer cobijo: su cantina, su andén guarecido, su sala de espera, su wc, su taquilla. Nos presenta un escalonado encuentro con los primeros comercios: souvenirs, estanco y un kiosko. Y el enlace con la ciudad: la parada de taxi, la marquesina del autobús, el paso de cebra.

Y es el encuentro con otros viajeros, que llegan o se marchan. Cuando toca el momento de partir, la estación supone la última oportunidad para quedarnos.

Las estaciones de tren se edificaron en las ciudades y pueblos a causa de la fe en el progreso. Unas han crecido y otras han ido decayendo. De armaduras de hierro forjado y ladrillo teñido de hollín, a arquitecturas homogéneas de hormigón, cristal y columnas de cables, adquiriendo casi el aire de un aeropuerto.

Hay ocasiones en que la estación de tren es la mejor excusa para iniciar un viaje hasta ella. Otras veces, el pretexto es el propio tren o el camino por el que discurre, —o discurrió —. A vista de tren se pueden alcanzar paisajes insospechados desde otros medios, infranqueables de otro modo, quizás.

Muchas estaciones de España justifican un viaje por sí mismas: Toledo, Confranc, Somport, Madrid-Atocha, Madrid-Delicias, Portbou, Valencia… Existen más de mil estaciones en España. Accesibles tras recorrer los miles de kilómetros de raíles tendidos. Algunas de ellas se van a reseñar durante las próximas semanas en esta publicación digital, en una serie que pretende seguir las rutas marcadas por el tren.

Las grandes estaciones de Madrid son cuatro, como queriendo alcanzar desde sus andenes los cuatro puntos cardinales. Aunque habría que decir que sólo dos de ellas ofrecen un servicio continuo y abundante: Puerta de Atocha —al sur —y Chamartín —al norte —, unidas por un cordón umbilical subterráneo. Las otras dos, aunque con imponentes edificios e importantes cometidos en el pasado, han visto reducido su tráfico, Príncipe Pío o traspasadas sus funciones a otros quehaceres, Delicias, que hoy alberga al Museo del Ferrocarril.