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visitar maestrazgoEsta comarca de montes abruptos entre Teruel y Castellón fue la tierra de los Maestres de la Órdenes del Temple y de San Juan. También fue el escenario de despiadadas luchas en la primera guerra carlista.

El paisaje del Maestrazgo es quebrado y tortuoso, de una aspereza extraordinaria. A lo largo de sus pliegues y fracturas se levantan numerosos cerros en los que se recuestan los pueblos. Las laderas las ocupan roquedos, pinares y breñales, también algunos viñedos y olivares al sol. En el fondo de los valles, surcados por ríos de aguas transparentes y abundantes, aparecen vegas amenas, huertas y alamedas. Éste es un territorio, como dijo Baroja, creado para hacer la guerra, “un laberinto de montes en el que siempre es fácil atacar al enemigo y sorprenderlo”, y así ocurrió durante siglos. En estas sierras y barrancos desarrolló su desmedido ingenio militar el General Cabrera durante la primera guerra carlista. Cabrera era un hombre orgulloso, despiadado e intrépido, a veces cruel y sanguinario, idolatrado por miles de hombres. También era un hombre inflamado por el fusilamiento de su madre. Los Episodios Nacionales nos lo describen como un “Napoleón de Montaña”.

Recorriendo la comarca desde el sur llegamos en primer lugar a Cantavieja. Éste fue el primer refugio de los carlistas de Cabrera: su situación sobre una mesa rodeada de riscos y sus amplios caserones hacían de la villa un lugar idóneo. Si observamos atentamente en algunas casas aún se adivinan, escritos en un desvaído tono ocre, los signos que indicaban cuántas bestias y soldados debía admitir cada propietario. A poca distancia está Villarluengo, sobre un promontorio rocoso asomado sobre una hoz profunda. Desde aquí podemos caminar hasta el nacimiento del río Pitarque, una bulliciosa y fresca surgencia de aguas cristalinas. En lo alto del cañón se balancean los buitres; a veces es posible avistar cabras hispánicas.

Próximo a las aguas sorprendentemente esmeraldas del embalse de Santolea, encontramos Castellote a los pies de un blanquecino paredón calizo. Calles muy largas y estrechas recorren y ciñen la ladera, cruzadas por callejuelas y escaleras empinadas que trepan rápidamente por ella. Apartado de la villa, incrustado en una pequeña e inaccesible plataforma en lo alto de la escarpadura rocosa, se encuentra el castillo. Fue una gran fortaleza bajo el dominio de los templarios. Cuando éstos tuvieron noticia de la orden papal de extinguir la Orden, unas decenas de caballeros recorrieron estas tierras con piadosa belicosidad y se encerraron aquí, resistiendo el asedio de las tropas de Aragón durante más de un año, en 1308.

Los carlistas también intentaron una gesta parecida contra Espartero. La situación inaccesible y vertiginosa del castillo nos ayuda a creer que estas proezas son posibles; también debió imbuir una confianza desesperada en quienes las intentaron. De entre todos los pueblos del Maestrazgo el más sugerente es, no obstante, Morella. Llegamos al pueblo a través de un territorio áspero, de cuestas y barrancos, que se abre de pronto a una meseta holgada. Al fondo de ella se alza una muela de presencia muy sólida, casi brutal. La ladera meridional la ocupa el caserío, tendido en la solana, trazando amplios semicírculos alrededor del alto.

Muchas de las casas que miran a mediodía son blancas, y las recorren finos balcones de madera alineados entre sí. En otras, en cambio, la vida provinciana se desarrolla silenciosa bajo soportales sombríos. Estos círculos, cada vez más amplios, los cierra al fin una extensa muralla: es una cinta de piedra rubia de dos kilómetros de perímetro, muy bien conservada. A lo largo del perímetro se yerguen dieciséis torres góticas, algunas de las cuales guardan las puertas que permiten la entrada a la población. La iglesia arciprestal, en lo alto del pueblo, tiene dos puertas monumentales, la de los Apóstoles y la de las Vírgenes. La leyenda quiere que las labraran simultáneamente dos artistas, padre e hijo, sin poder verse el uno al otro, en una complicada competición de celos, orgullo y, finalmente, felicidad. En lo alto de la muela se levanta ruda y prominente, realzada por la roca, la clara masa de piedra del castillo.

Fue casi siempre inexpugnable: Menéndez Pidal nos señala que cuando el autor de la Historia Roderici indica escuetamente que el Cid logró hacer gran daño en sus puertas nos está en realidad mostrando su asombro ante tal alarde de fiereza. Los carlistas sí fueron, en cambio, capaces de hacerse con él: una noche gélida de enero de 1838 lograron introducirse por la abertura de unos retretes y tomarlo desde dentro. Morella pasó entonces a ser el nido de águilas terrible de Cabrera, el mejor símbolo de su orgullo, agresividad y audacia.