viajar a la ciudad prohibidaDurante casi quinientos años sólo unos pocos pudieron acceder al interior de la Ciudad Prohibida en China. Hoy en sus patios y pabellones podemos atisbar cómo fue la vida fastuosa e insólita de los emperadores de China.

Al viajar a la ciudad de Pekín, junto a la Plaza de Tienanmen, se encuentra el que fue el palacio más espléndido de Oriente. El emperador ordenó construirlo en 1420. Trabajaron en él más de cien mil artesanos y obreros, y desde canteras lejanas fueron traídos mármol y piedra. A la vera de los caminos se excavaron cientos de pozos; de ellos se extraía el agua que al congelarse en invierno permitía deslizar los enormes bloques de roca. Cuando fue terminado el palacio, el emperador se recluyó en él. A los hombres comunes les fue vedado el acceso y raramente se permitía entrar a los generales y gobernantes. Los cientos de eunucos y concubinas que habitaban el palacio llevaban en él una vida de ocio y ritual. La Ciudad Prohibida se divide en dos áreas: al norte están los palacios en los que el emperador y su familia tuvieron sus aposentos privados; al sur, las grandes salas y patios para las recepciones y ceremonias, principal atractivo turístico hoy en día para los miles de visitantes.

Entre ambas está la Puerta de la Pureza Celestial; en su umbral, entre los leones de bronce, sin siquiera descender del palanquín, el emperador despachaba con los más altos funcionarios del estado. El emperador vivía en el Palacio de la Pureza Celestial; la emperatriz moraba en la vecina Casa de la Tranquilidad Terrenal. Algunos monarcas prefirieron vivir en un lugar más modesto e íntimo y escogieron para ello el Palacio de la Cultura de la Mente, al oeste del recinto. En este pabellón vivió Tsu Xi, la célebre emperatriz viuda. Cuando entró por primera vez en la Ciudad Prohibida, Tsu Xi era una concubina más; pocos años después, en 1861, ascendió al trono como regente al ser su hijo menor de edad.

Durante más de cuarenta años gobernó China vigorosamente desde su retiro en la Ciudad Prohibida. El día anterior a su muerte lo pasó planeando la muerte de su sobrino. A esta mujer rigurosa le gustaba repetir una delicada celebración de cumpleaños: diez mil pájaros de colores eran liberados. Por su rostro redondo e inescrutable y su gesto autoritario, hermético, sus contemporáneos le llamaron “el Viejo Buda”. El matrimonio real era consumado en la Casa de la Tranquilidad Terrenal. Pu Yi, el último emperador, escribió al final de su vida unas memorias en las que se conjugan la autocrítica y la melancolía; en ellas nos revela cuánto tuvo de extraño este momento para él: “Con la cabeza ligeramente reclinada, mirando al suelo, la novia se sentó en la cama. Miré en torno a mí y vi que todo era rojo. Rojas las cortinas de la cama y rojas las almohadas; rojo su vestido y su falda; rojas las flores y roja su cara. Una vela de cera roja parecía haberse derretido a mi alrededor. No sabía qué hacer, si permanecer de pie o sentado. Decidí que prefería el Palacio de la Cultura de la Mente, y allí me volví”.

Tras el Palacio de la Pureza Celestial hay un jardín de rocas, estanques y pabellones rodeado por bancos de jade. A él asoma una puerta: es la Puerta de Shen Wu, la de las Proezas Espirituales. En el siglo XV el séquito del emperador marcaba desde ella los ritmos de la ciudad: al alba una campana tañía en la puerta ciento ocho veces y en Pekín comenzaba la jornada industriosa; en la hora vaga del crepúsculo los mismos redobles de un tambor anunciaban desde aquí el final del día.

Una vez cada tres años la entrada de Shen Wu se abría: por ella entraban las jóvenes escogidas como concubinas. El emperador las acogía con fingida indiferencia. Al sur de la Puerta de la Pureza Celestial se encuentran los pabellones en los que tenían lugar las ceremonias y el protocolo. Los arduos exámenes para ocupar los puestos en la administración al servicio del emperador se celebraban en la Sala de la Conservación de la Armonía; la dificultad de estas pruebas minuciosas y extensas resulta hoy inverosímil. Junto a esta Sala, en un pequeño pabellón, el monarca se vestía para las celebraciones. Un complicado conjunto de normas determinaba su atuendo: el primer día del undécimo mes el emperador debía vestir una túnica de marta; la seda era roja y los brocados de oro el primer día de verano. En lo alto de unas holgadas gradas, asomada sobre un enorme patio por el que fluye un arroyo, se levanta la Sala de la Suprema Armonía. Era el lugar de la solemnidad máxima, del fasto y el rito. La corte aguardaba en silencio en el patio y la familia real en las escalinatas; cuando el emperador se sentaba en el trono del Dragón miles de eunucos entonaban cánticos de celebración.

La Puerta Meridional cierra el recinto de la Ciudad Prohibida. Hasta esta entrada llegaba el emperador en un palanquín amarillo; el arco central de la puerta sólo se abría para él. Desde el umbral revisaba sus tropas, formadas en los patios de piedra ante el palacio. En otras ocasiones, desde lo alto de la puerta, en el pico de un ave fénix de oro que descendía mediante poleas hasta el suelo, se entregaban los edictos del monarca. De rodillas, con la cabeza mirando hacia el suelo, los gobernantes los recibían. De esta manera enigmática y distante el emperador, el hombre que estaba separado del mundo, manifestaba cuál era su voluntad o su antojo hacia él.