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ciudad de piedra zanzibarEn los alrededores de la Ciudad de Piedra encontramos los vestigios de la vida lujosa del sultán de Zanzíbar. Poco más allá, hay playas de arena blanquísima. Un paseo por la Ciudad de Piedra es una experiencia bulliciosa y aromática.

Los ingleses edificaron en el sur de la Ciudad de Piedra un mundo ordenado de parques, consulados y hospitales, de oficinas de correos y colegios. Sobre una planicie fangosa levantaron el Parque de Mnazi Moja; en él había un campo de golf de nueve hoyos y canchas de tenis y de cricket. Hoy yace casi abandonado; desde las gradas ruinosas de su campo de cricket nos podemos hacer una idea de lo que pudo tener la colonia de retiro lúdico. Recorriendo las salas de altos techos del Hotel África House, pobladas de trofeos de caza y ventiladores, reconocemos la atmósfera del club colonial. Los residentes británicos pasaban aquí las tardes de calor. Los edificios administrativos del protectorado nos sorprenden a menudo: en sus fachadas de piedra coral blanca, de líneas orientales y sarracénicas, se levantan cúpulas y almenas triangulares.

En Zanzíbar encontramos también las huellas ignominiosas del tráfico de esclavos. Los negreros equipaban grandes caravanas que se dirigían a los lagos del interior. Allí compraban prisioneros a los reyes en guerra; atacaban y devastaban poblados por sorpresa; cazaban hombres. Los esclavos realizaban el viaje de vuelta encadenados entre sí, portando entre sus brazos marfil. La caravana dejaba atrás el rastro de cadáveres de los más débiles. Lo que hoy es la escuela Temejuka fue una de las prisiones que recibieron en la isla a estos hombres, mujeres y niños. En sus sótanos de piedra, apenas sin luz ni ventilación, se hallan las estrechas celdas en que éstos se amontonaban; en la pared sobresalen los garfios de hierro a los que eran amarrados.

mercado ciudad de piedraLa presión abolicionista de Livingstone germinó en la metrópoli: en 1873 las cañoneras inglesas obligaron al sultán a cesar este comercio infame. Sobre lo que fuera el Gran Mercado se levantó de inmediato la catedral anglicana: la tradición quiere que el altar que vemos hoy se construyera en el mismo lugar en que se encontraba el poste en que los esclavos eran azotados para probar su resistencia. Cuando Livingstone murió en el transcurso de una expediciónpor Zambia, su corazón fue enterrado bajo un árbol: con una rama del mismo se realizó el crucifijo que preside el templo. En los alrededores de la Ciudad de Piedra encontramos ruinas leves que nos hablan de nuevo del esplendor y la opulencia del sultán. Apenas quedan hoy unos restos del Palacio de Mtoni, la que fuera su residencia en el campo. Los viajeros del siglo XIX nos describen cómo fueron en ella recibidos por el sultán a los pies de una gran escalinata; cómo atravesaron frescos patios y jardines en los que las gacelas, los flamencos y los pavos reales se movían con libertad; cómo dialogaron en amplias salas reclinados en cojines coloridos.

En Mtoni una corte de mil personas atendía los deseos del rey. Desde una torre con balaustradas éste pasaba las tardes mirando su flota de faluchos balancearse en el mar. Cerca de Mtoni están las ruinas del harén de Marahubi. En él habitaban las cien concubinas del sultán. Siguiendo una rotación estricta, cinco de ellas dormían con él cada noche. En Marahubi las finas columnas, el acueducto y el estanque que cubren los nenúfares nos testimonian un jardín secreto. Los ingleses aborrecieron la práctica del serrallo. En 1911 Khalifa Bin Harab accedió a su pretensión de desmantelarlo: en las fotos de la época le vemos sosteniendo sin convicción una raqueta de tenis. A poca distancia de allí se encuentran los restos de los baños persas de Kidichi. Aún persiste el horno que calentaba las aguas, y una sala de baños con pavos reales y árboles de clavo dibujados en el estuco. En esa misma pared hay grabado un poema que nos habla de los placeres del vapor y el abandono que ahora que quedado para los turistas que viajan a Zanzibar:

“Placentero es el vino con forma de flor

que se sirve con tajadas de cordero

de las manos de un sirviente cuyo rostro tiene forma de flor

a orillas de esta corriente de agua que florece”.

En el alba gris de la Ciudad de Piedra vemos los faluchos de los pescadores depositar en el puerto viejo su carga de pulpo y tiburón. Más allá, los grandes cargueros se mecen un mar terso, iluminado por una primera claridad azul. En el aire fresco y calimoso del amanecer resuena el llamamiento de los muecines: convocan a los creyentes al primer ejercicio de la fe. La ciudad despierta y la vida comienza; poco después, en el mercado de la ciudad, una multitud bulliciosa se aprieta y desliza en callejones estrechos, entre los puestos de verduras, pescado y baratijas. Suenan los timbres de las bicicletas y las voces de los vendedores; los olores son intensos. Entre ellos se distingue el del clavo tostado; también el aroma de la canela y del café. La impresión que nos domina es de una gran alegría. Resulta difícil creer ante esta manifestación de la pujanza del mundo que Zanzíbar fue durante siglos, para millones de personas, un lugar de humillación e infamia.

Bagamoyo, el lugar de destino en el litoral de las grandes caravanas, significa “rinde tu corazón“: al llegar allí los esclavos sabían que toda esperanza estaba muerta. Al otro lado del estrecho, en la isla, sólo encontraron hacinamiento, violencia y desprecio. Esta impresión de contraste se hace más punzante en las costas de la isla. Allí caminamos sin dificultad durante centenares de metros por las aguas transparentes y sin profundidad de las lagunas coralinas, ceñidas por playas de arena blanca y fina. Al fondo ruge el mar rompiendo en el arrecife. Junto a los pequeños poblados la brisa ondula y bate las palmeras y los mangles. En esta paz del Índico, ante el mar resplandeciente y en el día claro, la crueldad humana nos resulta lejana y desdibujada, imposible; también, por eso mismo, doblemente dolorosa.