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Viajar a BrightonEn Brighton confluye la memoria del refinado centro de descanso de la aristocracia de la Regencia, con la de las masivas peleas en la playa entre mods y rockers de agosto de 1964.

Brighton es uno de los lugares de vacaciones más populares de Inglaterra. El ambiente es colorido, jovial y tolerante, y en todos los rincones encontramos cafés, clubs y comercios. La ciudad se levanta en la estrecha franja costera que queda entre los ondulados South Downs de Sussex y el mar del Canal. Los Downs, que la rodean hacia el interior, son una tierra de prados amplios y colinas suaves que parece concebida para el paseo. Su relieve moderado y cordial, verde y brillante, responde con fidelidad a nuestra idea de la campiña inglesa. Hacia el sur la ciudad se asoma a un mar gris e intranquilo, surcado por ribetes de espuma. En los acantilados de creta blanca y fina coronados de hierba que prolongan la costa hacia levante rompen el mar y el viento. Ante estas paredes terrosas se balancean y graznan las gaviotas.

El desarrollo de la industria del turismo en Brighton se remonta a mediados del siglo XVIII. Las nuevas teorías médicas ensalzaban el poder curativo del agua y la brisa del mar y las clases altas y ociosas las adoptaron con entusiasmo y empezaron a viajar a Brigthon. “Tomar las aguas” se convirtió en la forma novedosa de reunión y regocijo, y Brighton, en el lugar indicado para ello. En 1783 llegó a la ciudad el entonces Príncipe de Gales, Jorge IV. Orondo, gotoso y dispéptico buscaba en apariencia la cura del agua salada y el sol. Pronto descubrió que Brighton era en cambio el mejor lugar para desarrollar sin traba todas sus fantasías de hedonismo. Aquí construyó el Pabellón Real más excéntrico de su tiempo, y en él llevó durante años, rodeado de dandis y cortesanas, una vida de sofisticación y exceso.

Brighton pavilionEl Pabellón Real de Brighton es el fruto de los ensueños orientales y exóticos de este sibarita. Junto al mar se levanta un conjunto monumental de minaretes y cúpulas de piedra blanca rodeado por amplios jardines y estanques con nenúfares. La decoración interior es de estilo chino: dragones de bronce que son candelabros sobrevuelan los techos y las bóvedas, en las columnas se enroscan las serpientes, refulgen las maderas laqueadas y en las pinturas de las paredes los lagartos se detienen en los troncos del bambú. La Sala de Banquetes y las enormes cocinas son quizás las habitaciones más notables: el príncipe regente tenía la obsesión de la comida; los baños de mar nunca curaron su dispepsia. A pesar de su estilo elaborado el Pabellón real es sorprendentemente confortable; todas sus habitaciones las recorre una luz limpia y acogedora, y es uno de los lugares obligados para todos aquellos que quieren viajar a Brighthon.

El patronazgo de Jorge IV hizo de Brighton una ciudad refinada, festiva y elitista: las hileras de casas estilo regencia son el testimonio de aquel tiempo. En el contorno regular de la Plaza Brunswick y en la ajardinada media luna abierta al mar de Adelaide Crescent encontramos estas residencias de formas equilibradas, adosadas unas a otras. Vemos fachadas cubiertas de estuco, molduras de estilo griego en las cornisas y columnas, balcones finísimos, y ventanales grandes y luminosos que se abren a despachos y bibliotecas en la planta baja.

La llegada al trono de la reina Victoria cambió la suerte de la ciudad. La reina practicaba el aburrimiento y la rigidez moral: la liberalidad de Brighton le resultó necesariamente inaceptable. Cuando ordenó retirar el mobiliario del Pabellón Real no olvidó siquiera mencionar los fregaderos. Fue el comienzo de una decadencia imperceptible y continua: cien años después la ciudad era completamente diferente. Encontramos así el Brighton de las novelas de Graham Greene: una ciudad raída y gastada de rateros y dependientas de comercio, de abrigos grises y calles mojadas, de pensamientos e ilusiones cenicientos. La degradación de Brighton fue paradójicamente acompañada de un aumento del turismo: las luces tristes y confusas de la feria del Muelle Palace le resultaban ahora sugerentes. Hoy la ciudad ha sido felizmente reformada. En el Muelle Palace podemos atisbar aun así los ribetes de este ambiente espurio, hoy reconvertido por la tecnología y el comercio de grandes superficies.

Los mitómanos y aficionados a la música recuerdan además Brighton por otro motivo: fue el escenario de los enfrentamientos masivos de mods y rockers de 1964. Mary Quant triunfaba en París, la música del momento sonaba desde emisoras piratas que emitían desde barcos en la costa y miles de personas recibían a los Beatles en Nueva York. “Mods y rockers” se convirtió entonces en el cliché periodístico para describir una ruptura generacional inminente. Los rockers gustaban de las motos, el aspecto taciturno y los discos de Bill Halley; los mods apreciaban la elegancia y el ska, los estimulantes y los scooters Lambretta. A ambos los unía un sueño de escapismo y una necesidad de pertenencia. La violencia entre ellos en las playas de guijarros de Brighton durante los fines de semana de agosto de 1964 fue del todo inmotivada. Hoy estas escenas forman parte del imaginario de los sesenta; también son la manifestación más excéntrica e impactante que se recuerda de un verano en Brighton.