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la valeta en maltaLa Valeta fue el centro militar y político de los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, una ciudad de iglesias, palacios y bastiones planificada para la lucha y la resistencia.

Tras ser expulsados de Rodas por los turcos, los caballeros de San Juan recibieron de Carlos V la isla de Malta a cambio del tributo anual de un halcón. Allí podían desarrollar sus contradictorias pasiones: la religión y la guerra, la práctica del corso y, en las horas de la supervivencia, el juego. Vestían de negro, con una cruz blanca de ocho puntas sobre el pecho, una punta por cada una de las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña. En la guerra portaban corazas rojizas. En 1565 sufrieron en la isla uno de los episodios más brutales de su tiempo, el Gran Asedio de los turcos. Una flota de ciento noventa naves y treinta y ocho mil hombres, el intento definitivo del sultán de acabar con su presencia en el Mediterráneo, asomó ante la boca del Gran Puerto de Malta el 18 de mayo de 1565.

Desde las fortalezas que guardan la entrada a la rada es fácil evocar el terror y el asombro que al contemplarla debieron sentir los seiscientos caballeros y siete mil soldados que esperaban en ellas, su certidumbre súbita de la lucha y el dolor próximos. Los turcos atacaron el fuerte de San Telmo, en la punta de la península de Sciberras. Los jenízaros, la élite guerrera y despiadada del sultán, cayeron abrasados por el aceite a sus pies; miles de proyectiles estallaron en sus sobrios patios y muros. Cuando por fin lo tomaron, los prisioneros fueron arrojados vivos al mar crucificados en tablones de madera, mirando hacia la fortaleza de Sant Angelo, al otro lado del puerto. Era la advertencia a sus defensores de la suerte irremediable que les esperaba.

Cuando el socorro de Sicilia puso fin al Gran Asedio, las campanas de la cristiandad tañeron alborozadas. Comenzaba así también la edificación de La Valeta, una ciudad-refugio inexpugnable concebida por los Hospitalarios como la garantía definitiva de su seguridad y el trampolín decidido de su audacia. La Valeta es una muestra del vigoroso alcance de las capacidades de la ingeniería militar y civil del siglo XVI. En tan sólo cinco años la península de Sciberras fue allanada y un ancho foso la separó del interior de la isla, una cadena de nuevas fortificaciones y muros se levantó sobre el mar y decenas de iglesias y albergues para los caballeros se construyeron sobre sus calles cuidadosamente trazadas. La ciudad es pequeña y tranquila, una cuadrícula de casas bajas y calles rectas y estrechas que terminan en el espolón sólido y sencillo del Fuerte de San Telmo.

Invita a pasear: la ausencia de grandes volúmenes nos permite sentir en todos sus rincones la brisa fresca y vivificante del mar. En los bordes de la península hay numerosas escalinatas. Son las “malditas escaleras de La Valeta” de las que habla Byron: la intensidad de su vida amorosa en la isla debió hacer que las subiera y bajara numerosas veces. En el claroscuro de sus calles encontramos numerosas iglesias y palacios. Nos muestran la organización de la Orden, dividida en “lenguas” según el origen de los caballeros. Así encontramos los Albergues de Castilla, de Aragón, de Provenza o de Italia. La iglesia de Santa Bárbara acogió la fe y el silencio de los caballeros provenzales; la de Santiago, la piedad de los castellanos.

Los caballeros italianos no pudieron renunciar a los placeres que habían conocido: la sombra y las esculturas de los jardines de Upper Baracca fueron su rincón de esparcimiento privado. Los caballeros tampoco olvidaron la vocación original que les llevó a Jerusalén. El Antiguo Hospital se asoma sobre el mar; es impresionante la Sala de los Pacientes, un espacio desnudo y resonante de techos altísimos y ciento setenta metros de longitud. En la Catedral de San Juan sentimos la vibración y la densidad del tiempo: cada lengua tiene su propia capilla; en los suelos de mármol desgastado se distinguen en la luz trémula las tumbas de centenares de caballeros.

Con el tiempo la tensión guerrera decayó; las capacidades de ira y odio se desvanecieron. A mediados del siglo XVIII la práctica corsaria, el divertimento favorito de los caballeros, fue prohibida. Simultáneamente fue construido el Teatro Manoel. El día de su inauguración los caballeros fueron los propios actores: uno tras otro cantaron delicadamente desde los palcos; recitaron también versos desplegando con amplitud sus manos. Cuando pocos años después la ingente flota de Napoleón asomó ante la ciudad no necesitó hacer un solo disparo para tomarla.