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que ver en genovaGénova ha sido famosa históricamente por sus marineros, desde Colón hasta John Cabot, pasando por el gran almirante Andrea Doria. Pero Génova es mucho más.

La ciudad tiene un cuidado casco antiguo, cuyo centro neurálgico es el impresionante “palazzo ducale”. En este palacio se reunieron los presidentes y jefes de estado en reuniones y eventos internacionales, pero habitualmente es un centro de arte y cultura que cuenta con dos preciosos patios concebidos en el siglo XVI, obligado si hacemos turismo por Génova.

Recomendaros un paseo por las calles del casco antiguo, con parada en las iglesias de San Lorenzo, San Donato y el Gesú, autenticas obras de arte.

La parroquia de San Lorenzo es especialmente bonita y muy original, puesto que reúne en una misma fachada varios estilos arquitectónicos, que van desde el románico del siglo XII hasta el barroco. Su exterior es fácilmente reconocible por la fachada blanca y negra. En su interior, en el museo, se conserva una importante reliquia: un plato de cristal de color verde, que, supuestamente, fue usado en la Última Cena. No es la única pieza de vajilla con historia. En el mismo museo se encuentra otro plato, esta vez azul, en el que, al parecer, colocaron la cabeza de Juan Bautista para servírsela a Salomé.

De todos modos, la vida, pura y dura, de Génova se encuentra actualmente en el puerto, parada obligatoria para los turistas que quieran conocer realmente la ciudad. Por mucho que haya sido modernizado con los diseños de Renzo Piazo, sigue conservando su atmósfera de tugurios y personajes variopintos. Allí se mezclan prostitutas, marineros, emigrantes, bohemios y turistas con destino la vecina Córcega.

La mejor vista del puerto se consigue desde uno de los barcos que surcan el puerto. Desde allí se puede ver, además del centro de conferencias diseñado por Renzo, las montañas de Génova. La ciudad ha sido construida sobre varias colinas y por eso sus calles son serpenteantes y a menudo se hacen interminables. Lo mejor es desplazarse en autobús. Pero vale la pena caminar de tanto en tanto, porque desde las partes más altas se atisban los tejados y las chimeneas de las altísimas casas genovesas, tan recias e imponentes que parecen fortalezas por más que estén pintadas de colores alegres –amarillos, rojizos, naranjas-.