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senderismo sinaiSi cautivadora fue la historia del Egipto que todos conocemos, agitada fue la del Egipto menos transitado, la península del Sianí. Esta península, cuyo nombre procede del dios Sin, que significa “Luna”, es el puente natural entre dos continentes, África y Asia. Tan cotizada posición no podía estar exenta de ajetreos y cruentas batallas por la colonización de este paso singular. Aquí tuvo lugar la Guerra de los Seis Días, entre otras, y fue precisamente en esta batalla en la que los egipcios recuperaron hasta el día de hoy, la península de manos israelitas.

Muchos siglos antes, también se erigieron templos faraónicos, como el de Sirapit El Jadem, levantado en honor a la diosa Hator, o islámicos como la Fortaleza del Soldado, que data de la época de Saladino (1.176 a.C), o la Fortaleza del Faraón, también islámica.

Bastantes siglos después nació un personaje ilustre en Belén y con él otras figuras asociadas a la religión cristiana. Aquí anduvo perdido durante 40 días el profeta Moisés tras abrir y cerrar las aguas del Mar Rojo; en estas tierras recibió las tablas de los Diez Mandamientos y se desarrollaron capítulos bíblicos como el de la zarza ardiente. Tras las huellas de Moisés, emprendemos nuestro particular peregrinaje a lo largo del Sinaí.

La península tiene una forma perfectamente triangular, como un gran diente, y está unida por su parte occidental al continente africano y al resto del país egipcio por el túnel submarino de Ahmed Hamdi, que pasa bajo las aguas del canal de Suez. Cruzar este corto paso de apenas 2 kilómetros abre todo un mundo de posibilidades que también es posible descubrir por vía aérea aterrizando en el aeropuerto internacional de Sharm El Sheikh.

Por lo que al resto de límites se refiere, por tierra limita al oeste con Israel y un fino brazo de mar (Golfo de Aqabah) le separa de las costas de Jordania y Arabia Saudí, que pueden tocarse con la mano desde ciudades de Nuweiba o Dahab.

Los 61.000 kilómetros cuadrados del Sinaí están claramente divididos en los territorios norte y sur, cuyas diferencias orográficas son abismales. La superficie predominantemente llana de la mitad norte contrasta fuertemente con la naturaleza montañosa de la porción meridional, donde emergen, muy cerca del mar, alturas de la talla del Monte Catalina (2.642 m.), del Monte Umm Saumar (2.586m.) o del Monte Sinaí (2.282 m.). El denominador común de ambas mitades es el desierto.

Un buen campo de operaciones puede ser la comodidad de Sharm El Sheik.

El desierto del Sinaí, en su mayoría de rocoso, va cautivando poco a poco, a medida que nos vamos adentrando y entrando en contacto con sus habitantes, los beduinos. El turismo de momento permanece en la costa y no ha profundizado en el desierto a modo de turismo de aventura, lo que garantiza un contacto auténtico con este ecosistema y sus gentes.

Subida al Monte Sinaí

ascenso sinaiPor encima de sus 2.282 metros todavía emergen un buen número de picos, incluso cuesta identificar esta cumbre desde el punto donde se inicia la subida, pues permanece oculto tras las siluetas de otras cumbres. Si es, en cambio, el más famoso de todos ellos.

En su cima recibió Moisés las Tablas Sagradas de los Diez Mandamientos. No podíamos pues, abandonar el Sinaí sin tomar su cumbre más típica.

La tradición manda caminar el sendero durante la noche para contemplar el amanecer desde su cima. Y para ser fieles (nunca mejor dicho en un marco tan religioso como este), a las dos de la madrugada comenzamos el ascenso del monte. El camino parte de las puertas del recinto amurallado de Santa Catalina y no ofrece pérdida posible. Durante la subida, un próspero negocio de camellos, que se ofrecen una y otra vez al caminante para afrontar el empinado camino hasta la parte final, donde aguardan 700 escalones en la roca.

Durante el trayecto, más de uno se preguntará por qué no se produjo el encuentro divino al borde del mar, pero no faltan haimas con té, bebidas y alimentos colocadas en lugares estratégicos que hacen más llevadera la ascensión. Por fin llegamos arriba (entre 2 horas y media y 3 horas de marcha), y tan sólo queda aguardar al astro rey. Con la salida del sol, un rojo intenso tiñe hasta la última piedra del desierto. La fuerte coloración que adquieren las montañas, espectáculo que se repite cada atardecer, no pasó inadvertido a los marinos que transitaban esta porción terráquea, que no dudaron en bautizar como Mar Rojo. He de confesar que jamás había disfrutado de un amanecer tan espectacular como este.

Para el descenso hasta Santa Catalina, y una vez bajados los 700 escalones, podemos elegir (en la única bifurcación del camino), descender por donde vinimos o hacerlo por la vía de los 3000 escalones (ya sólo quedan 2.300). La opción de los 3.000 escalones es más bonita pero mucho más castigadora para rodillas y gemelos. En ocasiones interminable. Sea cual sea el sendero elegido, el resultado será igual de sorprendente.