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seduccion reencuentroPalabras, miradas, gestos… Todo aquello que nos seduce de otro apunta a nuestra sensualidad, a nuestra historia erótica, a lo que quedó en nuestro inconsciente asociado a un momento de placer.

Es en la relación con otro donde se produjo un encuentro satisfactorio y ahora, al reencontrarlo en alguien, nos produce una atracción incontrolable.

Seducir proviene del latín ‘se-ducere’, que significa conducir consigo. Siempre, pues, estaríamos guiados por la seducción, ya que conseguir lo que queremos de los demás o responder a lo que nos piden es un anhelo que no nos abandona nunca.

Querer y ser queridas, mirar y ser mirados, establecer con el otro una relación que nos asegure en nuestra identidad es una búsqueda continua. Desear y ser deseadas, preguntarnos qué somos para el otro y quién es ese otro para nosotras, es la interrogación que se plantea cuando la atracción amorosa se pone en marcha.

La capacidad de seducir nos da seguridad y alimenta nuestra autoestima; la posibilidad de ser seducidas nos enfrenta a nuestros deseos y nos empuja hacia los placeres que proporciona la persona seductora.

Pero esa capacidad señala al mismo tiempo nuestras dependencias, pues se depende de aquello de lo cual no podemos sustraernos porque está más allá de lo razonable. La seducción siempre apunta a nuestra sexualidad, que ha sido construida a partir de otros.

¿En qué consiste la seducción? ¿Cuál es su origen?¿Hay claves para mejorarla? ¿Por qué hay personas más seductoras? ¿Nos atraen cosas diferentes a hombres y mujeres?

La seducción se produce cuando quedamos cautivos de las cualidades físicas o morales de otra persona y ésta nos atrae como un imán. El seductor y el seducido se necesitan y dependen uno del otro, si bien la diferencia fundamental es que el que queda seducido siempre se encuentra en una situación más vulnerable que el seductor.