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viajar sambodromoUna vez terminada la Navidad todos necesitamos tener una nueva ilusión festiva. El Carnaval es la siguiente cita, y Río de Janeiro la mejor opción. Es necesario que hagamos la reserva ya.

Cuando estás en un sambódromo lo que tienes que hacer es bailar. El sambódromo es una avenida de más de un kilómetro y medio de longitud, rodeada por tribunas de cemento, que termina en una amplísima rotonda, la llamada apoteosis. A lo largo de esta inmensa construcción desfilan en las noches del domingo y el lunes de carnaval, ante el entusiasmo de las cien mil personas que ocupan las gradas, las mejores escuelas de samba de Río de Janeiro, aquéllas que pertenecen a la denominada clase especial. Es un espectáculo brillante y colorido, en el que domina la exaltación y la alegría; durante el carnaval, Río se entrega a una vida de diversión, música y euforia. A la hora de buscar una localidad es conveniente que evitemos la “apoteosis”: la visión del conjunto no es buena desde allí. En el sambódromo existen gradas especiales reservadas para turistas; son las más confortables y tienen buena visibilidad; también son las más caras.

Por su misma índole es mejor, aun así, evitarlas: bailar samba con un japonés no es la mejor manera de conocer Brasil. Si el carnaval entraña libertad y bullicio, las gradas internacionales no parecen un buen lugar para encontrarlos. A lo largo de la noche desfilan por el sambódromo unas diez escuelas; con cada una de ellas marchan durante casi una hora entre tres mil y cinco mil passistas. Cada escuela de samba condensa los sueños y esfuerzos de una favela; sus habitantes encuentran durante los cuatro días de carnaval una oportunidad de igualdad y expresión. Desde principios de octubre los miembros de la escuela se reúnen en el local al pie de la favela: los compositores compiten entre sí, se diseñan los trajes y se comienza a ensayar.

Cada escuela tiene sus propios colores; los cariocas sienten la misma adhesión hacia ellos que hacia su equipo de fútbol. Mangueira, que viste de verde y rosa, es quizás la escola do samba más querida; los trajes de Imperatriz Leopoldinense, de verde, oro y blanco, son siempre los más exuberantes.

La escuela debe componer una “samba de enredo”, escogiendo un tema de la actualidad o la historia de Brasil; todos sus componentes la cantan al desfilar, mientras los cientos de miembros de la “batería” la acompañan vigorosamente con instrumentos de percusión. A la cabeza del desfile baila la “comissião da frente”; junto a ellos, en una enorme carroza, la “portabandeira” y el “maestre sala”, que presentan los colores de la escuela y marcan el ritmo de los miles de “passistas” y de las “pastoras” que los guían.

Cada sección de la samba de enredo la interpreta un “ala” distinta de la escuela. El “ala de baianas” cierra la danza: cientos de mujeres, vestidas con los trajes de algodón blanco con volantes típicos de Salvador de Bahía, bailan dando vueltas sobre sí. Hace ya un par de horas que ha amanecido cuando la exhibición termina. Las últimas en marchar son frecuentemente algunas de las escuelas favoritas del público. Contemplar cómo desfilan es un espectáculo extraño que tiene una suavidad apagada, como de sueño: acostumbrado a los contrastes brillantes y vigorosos del color y la oscuridad te sorprendes al darte cuenta de que está clareando; ves entonces que decenas de miles de personas están bailando en la luz difusa de la primera mañana.

Al llegar al sambódromo la noche anterior piensas que difícilmente podrías permanecer tantas horas sentado viendo las escuelas desfilar. Ésta es una idea incierta: las horas pasan alegre y rápidamente y apenas has ocupado tu asiento.

Al finalizar el desfile, en ese momento contradictorio que oscila entre la saciedad y el agotamiento, tienes la tentación de irte al hotel a descansar. No lo hagas; los noctámbulos conocen las bondades de esa hora última y despejada y saben que puede ser plena; aprovéchala para pasear por la ciudad. En la luz plateada de la mañana de Carnaval, Río se revela como una ciudad destartalada; en sus calles vacías, recorridas por la brisa, encontramos por doquier las huellas desvencijadas de la felicidad y el tumulto recientes. Es un buen momento para acercarse a las playas de Ipanema o Tijuca. Allí, en la mañana fresca iluminada por un sol leve, ante el mar azul cobalto, sentirás saudade. Es la clase de tristeza que produce Brasil; una tristeza tranquila y marina, atemperada por las suavidades del carácter, la brisa y el clima. La saudade es una forma sensual de la melancolía; en nuestra Europa áspera y fría sólo al escuchar bossa-nova podemos concebir un sentimiento similar.

No somos los únicos que en este fin de fiesta tienen esa sensación de vacío. Una de las más hermosas canciones de Tom Jobim y Vinicius de Moraes nos recuerda que hemos vivido un momento necesariamente fugaz: “tristeza não tem fim, / felicidade sim”, nos dice. Mañana por la mañana los autobuses volverán a recorrer atestados junto al mar la Avenida Atlántica; en los edificios refrigerados de cristal brillante se decidirán apresuradamente nuevos negocios; comenzará también de nuevo la vida múltiple de la favela. La canción de Jobim y Vinicius continúa: “a felicidade do pobre parece / a grande ilusão de Carnaval / a gente trabalha o anho enteiro / por un momento de sonho / para fazer a fantasia (…) / e tudo se acaba a cuarta feira”.