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sacro bosque orsiniA cien kilómetros de Roma, junto a Viterbo, se encuentra el bosque de Bomarzo. Sus extrañas esculturas y construcciones son la creación turbadora de un hombre atormentado y vencido.

En 1553 el príncipe Vicino Orsini, soldado, viajero y cultivado hombre de letras, tras ser derrotado en Flandes, pasa dos años encarcelado en España. La experiencia de oscuridad, humedad y silencio del calabozo debió ser sobrecogedora. El hombre de mundo de agradable presencia, el humanista algo melancólico, dio paso a una criatura distinta: un hombre quebrado, afligido y sombrío que sufría intensamente, un lisiado, una criatura rota. Cuando en 1556 regresó a su retiro de Bomarzo, Orsini transmitió todo el dolor, aflicción y angustia que le habitaban a un bosque de su propiedad.

El bosque de Bomarzo es una creación original y excéntrica. Mientras los jardines de las grandes villas de su tiempo se construían alrededor de las ideas de perspectiva, claridad y deleite, Bomarzo es singular y distinto. Para llegar a él es necesario abandonar el pueblo y cruzar un valle; el jardín se encuentra en la ladera de una colina cercana. El camino que lo recorre asciende suavemente. En la base serpentea entre las sombras frescas, en lo alto se abre a los prados y a la luz. En los senderos umbrosos se nos aparecen las bestias y los monstruos, los dioses graves o amigables, muchas veces esculpidos in situ en las enormes rocas del terreno. Las inscripciones que labró Orsini nos guían y nos inquieren: “Vosotros que vagáis errantes por el mundo en busca de maravillas espléndidas, venid aquí donde hay caras horrendas, elefantes, leones, ogros y dragones”. Un recorrido de horror y belleza, de seducción y amenaza, comienza.

La entrada al sacrobosque de Orsini la flanquean dos esfinges, anticipando el encuentro con algo impenetrable y hermético. Bajando una escalera, nos sorprende súbitamente el sonido del agua. Al asomarnos vemos que, unos metros más abajo, en la sombra, el agua de un arroyo golpea la roca. Allí encontramos la primera escultura. Representa una desmembración: un hombre impasible y severo, de pie, descoyunta a una mujer postrada. El rostro de ella es de gran dolor. En el silencio del bosque una ninfa gigante y blanquecina duerme. Una inscripción en ella nos recuerda: “Todo lo humano es sueño”. Cerca de ella está la barca del amor. No tiene timón.

villa orsini elefanteEl bosque se abre a un claro. En él, un anfiteatro nos sugiere la ilusión del mundo. Un pabellón de dos plantas se inclina a su lado de manera inverosímil, onírica: lo que creemos seguro también puede ser inquietante. Poco más allá está la célebre Boca del Orco. La bestia ruge desencajada, abriendo sus ojos. Una escalera nos invita a penetrar en su interior; en su labio superior leemos “Todos los pensamientos vuelan”. Las escenas terribles se suceden: un dragón se defiende de los perros que lo atacan; un elefante aniquila violentamente a un legionario romano.

Hoy sabemos que el hombre que capturó a Orsini llevaba un elefante grabado en la coraza. También encontramos las formas serenas de la belleza: praderas de ánforas, dioses robustos, afianzados y tranquilos. Al llegar a lo alto nos inunda la luz y la calma: allí está el Templo de Giulia, el monumento blanco y puro que Orsini realizó en memoria de su mujer, la hermosísima Giulia Farnese.

Cuando Orsini murió el jardín cayó en el olvido: sus sucesores no supieron entender su obsesión, su melancolía y su dolor. Fue ya en 1950 cuando, al desbrozar la maleza lo cubría, los investigadores descubrieron con asombro esta fantasía temible y turbadora. Muchas interpretaciones se han dado desde entonces al bosque de Bomarzo, biográficas algunas, la mayoría simbólicas. Una inscripción casi oculta nos ayuda a entenderlo mejor: Vicino Orsini lo hizo “sol per sfogar il cuore”, sólo por desfogar su corazón.