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San Miguel de Aralar rutaRuta que nace en el interior del País Vasco a las puertas de Vitoria, y muere a orillas del Cantábrico, en San Sebastián. Alma marcada por la devoción, pero también alma cincelada en mil disputas terrenales.

Casi a mitad de camino, la ruta se acerca a uno de los santuarios por el que se siente más devoción: San Miguel de Aralar. Apenas cien kilómetros después, el viajero se detendrá en otro de significación y devoción aún mayores. Cerca de Azpeitia, cuna del fundador de la Compañía de Jesús: San Ignacio de Loyola.

Ambos santuarios -el primero románico, en lo alto de un mítico monte, empeño de siglos y siglos de pacientes trabajos; el segundo neoclásico, reflejo de la pujanza y de la influencia de los jesuitas- resumen de una manera tan distinta como parecida el alma de esta ruta.

Recorrido fronterizo, en su primer tramo, con los reinos de Navarra y Castilla, no faltan, ni mucho menos, vestigios de aquel antiguo estado de cosas: murallas, torreones, iglesias-fortaleza… Hay otra lectura de esta ruta no menos intensa que las dos anteriores. El recorrido que se propone pasa por algunas de las tierras menos conocidas del País Vasco, por el interior de esta comunidad autónoma a la que siempre se ha creído, tan errónea como injustamente, volcada a la mar.

Caprichos de formas y colores

Ruta, pues, que ofrece la oportunidad de pasear por esa gran desconocida que es Vitoria; de conocer, a pie si se prefiere, ese bello paraje que es la sierra de Aralar, abrupta en su vertiente navarra, surcada de verdes prados en el lado guipuzcoano; y oportunidad, finalmente, para dejarse embriagar por la gama de colores y caprichosas formas con que se descubre esta transición, ora suave, ora abrupta, de la meseta a la costa.

La ruta comienza en Vitoria y termina en San Sebastián. Con la sola excepción de Salvatierra, pocas más visitas hay en su primer tercio, que concluye en el santuario de San Miguel de Aralar, en tierras navarras, en las que se adentra apenas una veintena de kilómetros. Luego se encamina hacia la costa por Zumárraga, Azkoitia y Azpeitia antes de detenerse en el otro gran santuario vasco, dedicado a la memoria de San Ignacio de Loyola.

En Azpeitia, a tres kilómetros, bien puede pasarse la primera noche. El resto de la ruta ya es más tranquila y menos densa en visitas, con la sola excepción de Tolosa. Y aunque termina en San Sebastián, merece la pena continuar hasta la frontera con Francia, por Pasaia y Hondarribia.