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ruta la manchaEn Argamasilla de Alba, donde comenzó a escribir su libro de caballerías y, según la tradición, el misterioso lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse; en El Toboso, donde conoció y se enamoró de la bella Dulcinea; o en Campo de Criptana, contra cuyos molinos el escuálido hidalgo libró el más genuino y divertido de sus combates, y donde también cosechó una de sus contadísimas victorias, frente al pobre, asustado e incrédulo vizcaíno.

Ruta también que se contenta con uno de los paisajes más monocromáticos, desnudos y, sin embargo, más cautivadores de la Península Ibérica: La Mancha, esa infinita llanura que hierve en verano (el calor es, sencillamente, achicharrante) y se hiela, cuando no se inunda, en invierno.

Quizá sea por culpa de sus gigantescas dimensiones, por lo que el manchego es, ante todo, un paisano hospitalario. Ésta ha sido, y desde siempre, tierra de paso, un inmenso cruce de caminos , de alguna manera aquí confluyen los de todas las Españas, como lo demuestran las numerosísimas ventas y posadas que han logrado sobrevivir hasta nuestros días.

Seguro que son éstas, y sus peculiares patios de tierra, lo más característico de La Mancha cervantina. Las ventas y los molinos blancos, con sus cuatro aspas al viento, muchos del siglo XVI, algunos con la maquinaria original intacta y en funcionamiento, y otros pocos, habilitados como salas de exposiciones y museos.

La ruta comienza en Consuegra, en la provincia de Toledo, y termina en Belmonte, en la provincia de Cuenca, dos de los pueblos más bellos de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha.

Este viaje luego sigue, por Madridejos y Puerto Lápice, hasta Argamasilla de Alba, allí donde comienza el relato de las peripecias y aventuras de Don Quijote.

No está de más almorzar aquí y llegar con las últimas luces del día a Alcázar de San Juan, donde pasar la noche. El resto del viaje, menos cargado de visitas, bien puede realizarse a lo largo y ancho de una soleada jornada.