reparto-tareasEl reparto de tareas del hogar es fuente de conflictos en algunas parejas. Las mujeres se han ido incorporando al mundo laboral, pero no han renunciado a la vida familiar.

Han adquirido compromisos sociales y profesionales, pero siguen responsabilizándose de la organización de la casa. Han ganado independencia económica y personal, pero han doblado su jornada de trabajo.

Los hombres, salvo excepciones, no colaboran en casa con sus compañeras el tiempo que requieren los quehaceres domésticos.

¿Por qué ellos se resisten a colaborar en casa?

Ellos, en muchas ocasiones, no asumen sus responsabilidades en el hogar, mientras a nosotras, a veces, nos asaltan los remordimientos. ¿Por qué?

Así, mientras la teoría de la solidaridad va por un lado, la práctica va en sentido opuesto. Mientras en el ámbito social funciona a veces la discriminación positiva, en el doméstico sigue la discriminación negativa.

Muchas mujeres se agotan pidiendo la colaboración masculina y el reparto de tareas, al final, hartas, tiran la toalla. Esto es un error, ya que la renuncia a que el otro colabore hace sentir hacia el cónyuge una hostilidad que contribuye al deterioro de la pareja.

¿Qué factores influyen en ellos para resistirse tanto al cambio? ¿Cómo podemos conseguir que se repartan las obligaciones familiares de forma justa? ¿En qué forma participamos las mujeres para que esta situación se perpetúe?

Existen diferentes razones, psicológicas, culturales y sociales, para que las mujeres sigamos ocupándonos en mayor medida de lo doméstico. Mientras nosotras hemos visto a nuestras abuelas y madres hacer las tareas de la casa, muy pocos hombres han tenido el ejemplo de un padre a la hora de colaborar en casa.

No se identifican con estos trabajos, no los asumen como propios. Se encuentran extraños realizándolos y no los incorporan como algo que les concierne directamente. A lo más que llegan, salvo algunas excepciones, es a creer que ‘ayudan’ a su pareja porque son solidarios con la gran cantidad de trabajo que ella tiene.

No sólo se trata de que sean listos para escabullirse de tareas pesadas y nada gratificantes, sino que no interiorizan como un deber estos trabajos, cosa que las mujeres sí hacemos porque identificamos la identidad sexual con lo que hemos visto.

La casa, ‘territorio femenino’

Margarita Riviere, en su libro ‘Mujeres y hombres‘, se pregunta por qué sólo las mujeres sabemos ver el polvo en los recovecos. Porque a ellos les cuesta trabajo asumir las labores domésticas como propias, también tenemos que pensar por qué nosotras las asumimos con tanta facilidad y nos cargamos más de lo conveniente, hasta el punto de haber llegado a ser las mujeres más estresadas de la Unión Europea.

Lo cierto es que la sexualidad femenina posee características que facilitan la identificación con los modelos tradicionales. Tales características, según Françoise Dolto, tienen que ver con que gran parte de lo que configura su sexo no se ve.

La casa simbolizaría para la mujer su propio cuerpo: por eso pone tanta libido en ella, al contrario del hombre, que suele ponerla en lo externo, sea el trabajo o las relaciones sociales.

Además de estos deseos, que nos hacen realizar las cosas que más nos gustan de la vida familiar, hay otros mecanismos psíquicos que nos conducen a asumir también todo aquello que no nos gusta.

Uno de los rasgos psicológicos que nos hace sobrecargarnos de trabajos domésticos es la culpa inconsciente de haber superado a nuestra madre. A ello se añade la dificultad de separarnos de ella definitivamente y ser de otra manera.

Algunas mujeres sienten, al emprender una carrera profesional, que están abandonando a su familia, máxime cuando las jornadas de trabajo, en muchos ámbitos, pasan de las siete u ocho horas.

Si le sucede algo a un hijo, se culpabilizan y se agobian, ya que creen que sus propias ambiciones se enfrentan a lo que su madre les dejó grabado.

La culpabilidad y la cólera provocan una sensación de fallo que se aumenta cada vez que le pide al marido que se ocupe de una tarea del hogar, pues, en el fondo, consideran que no es él quien debería hacerlo.

Esa gran exigencia, que proviene de haber interiorizado totalmente un modelo demasiado rígido, llega a crear tensión en la pareja. Y es que dicho modelo corresponde a una imagen idealizada de la mujer, en la que ésta funciona, sobre todo, como una madre capaz de resolver los infinitos problemas prácticos que se pueden dar en el hogar.

Cuando ella responde a ese estereotipo, el hombre se deja hacer, porque quiere ser cuidado al estilo infantil. En el fondo, continúa mirando a su madre, de una forma egoísta y cómoda, como la mujer perfecta que lo puede todo.

Cómo evitar conflictos en el reparto de tareas

Para prevenir disputas en la pareja  a la hora de colaborar en casa conviene:

  • Llegar desde el principio de la convivencia a un acuerdo sobre el reparto de tareas y revisar este pacto a menudo.
  • Hablar con la pareja cuando nos sintamos molestas, así como escucharle cuando él no se encuentre bien con lo que le ha tocado hacer. Es recomendable turnarse en aquellas tareas que resulten más desagradables a los dos.
  • Que ambos miembros de la pareja realicen todas las tareas. Las labores no se valoran hasta que se comprueba el tiempo y las energías que conllevan.
  • Revisar el modelo que hemos tenido y ver si coincide con lo que hacemos. Cuando el otro comete errores, no criticarle o retirarle enseguida para hacerlo nosotras.
  • Cuidar que la educación de nuestros hijos e hijas sea igualitaria.

Una distribución injusta

Ambos sexos tenemos que revisar los estereotipos en los que estamos atrapados para tratar de modificarlos. Los tiempos están cambiando, pero en algunos aspectos, como los trabajos del hogar, lo hace de una forma muy lenta.

Los datos de una encuesta realizada por el Instituto de la Mujer revelan que el reparto de tareas es injusto, y que a la hora de colaborar en casa los hombres sólo se lleva a cabo las tareas más gratificantes.

Por ejemplo, sólo el 1,9 % limpia los cuartos de baño, mientras lo hace un 69,9% de las mujeres; de la plancha se ocupa el 2% de hombres frente al 76% de las mujeres. Una distribución realmente injusta.

La mayor aportación masculina, según esta encuesta, radica en el riego de las plantas, que lo hace el 11% de los hombres. Le sigue ayudar a los niños en los deberes (10,2%), llevarlos al colegio y estar con ellos (alrededor del 8%).