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relaciones entre hermanasSe odian, se gritan, discuten…Pero se aman. Ser la preferida de los padres desata las peleas más duras entre ellas.

Cuando surgen las diferencias

¡No quiero a mi hermana! Ya no la quiero, triste pero cierto, por eso ya no me importa lo que diga; no me peleo con ella; ya ni siquiera me irrita, me es indiferente. Sin embargo, si necesita mi ayuda y me la pide, siempre la ayudaré‘.

Esto pensaba Inés mientras se despedía de su hermana, tras intentar ponerse de acuerdo en lo que tenían que hacer para ayudar a sus padres, que estaban enfermos.

Inés y Sonia acababan de discutir, habían vivido una escena que era habitual entre ellas cuando se hablaba de sus padres. Jamás conseguían ponerse de acuerdo en cómo ocuparse de ellos.

Inés siempre se implicaba más, ocupaba más tiempo en atenderles. Hablaba con los médicos y se hacía cargo de los papeleos en las clínicas, pero su trabajo era invisible para su hermana, que seguía creyendo que sólo gracias a lo que ella hacía sus padres estaban bien.

La capacidad de querer

Esta vez, la discusión había sido diferente, pues Inés no se había irritado: había aceptado que su hermana era incapaz de valorar lo que ella hacía; los celos y la envidia eran tan fuertes que habían eliminado su capacidad de amor. Su hermana la admiraba por ser una publicista reconocida, pero decía que lo había conseguido gracias a su marido, que trabajaba en este campo.

Sonia había intentado ser la preferida de sus padres pero no lo había logrado, jamás se había encontrado a gusto consigo misma. Su incapacidad para enfrentarse a un matrimonio fallido y a unos hijos con problemas la habían convertido en una mujer insatisfecha. Inés, por su parte, se había enfrentado a su mundo interno y, tras una psicoterapia, había encontrado los recursos necesarios para hacerse cargo de su vida de forma creativa y satisfactoria. Su matrimonio funcionaba y sus hijos eran estupendos, había llegado a quererse. Había aprendido algo importante, quería a aquéllos que la apreciaban y había dejado de querer a quienes la dañaban.

Es triste sentir indiferencia por un hermano, pero es liberador si la relación no es viable porque uno de ellos se niega a ponerse en cuestión y aceptar las rivalidades y envidias que siente hacia el otro. Tener celos y envidia de un hermano es doloroso, pero necesario. Envidiamos lo que el otro tiene, porque pensamos que por ello va a ser mas querido por nuestros padres. Los celos son el motor de toda competición: el hermano desempeña un papel importante para aprender a saber quiénes somos.

Un lugar en la familia

Más allá del amor materno o paterno, el otro, cuando es hermano, nos da la posibilidad de definir nuestro lugar en la familia así como nosotros se la proporcionamos a él. Encontramos semejanzas y diferencias, alianzas y enfrentamientos, recuerdos y vivencias compartidas. Según cómo se resuelva el lugar que ocupamos en la familia solucionaremos con mayor o menor dificultad nuestro lugar en el mundo.

Cuando alguien duda de sí, duda de todo y del amor de los padres. Sólo si nos llevamos bien con nosotros mismos podemos hacerlo con los demás. Sólo si podemos sentirnos seguros con nuestras limitaciones, luchando por conseguir lo que queremos y haciéndonos responsables de lo que nos ocurre, dejaremos de rivalizar con nuestros hermanos.

Los celos, si se mantienen en el tiempo y no han podido transformarse en solidaridad y complicidad, delatan apego patológico a los padres e inmadurez afectiva. La solidez de los vínculos entre hermanos se haya determinada por la calidad de sus relaciones en el pasado. Nuestra historia emocional nos permite comprender el presente y construir el futuro.

Las razones de una relación complicada

  • La reacción de los padres. Los celos son normales en la infancia. La llegada de un hermano destrona al mayor, pero también le da la posibilidad de tener un igual para aprender a compartir. Los padres tienen que aceptar la expresión de los celos sin que un hermano haga nunca daño al otro, teniendo en cuenta que la inseguridad y el miedo a perder su amor están tras esa rivalidad. No hay que culpar a los niños por sentirse celosos, pero sí evitar hacer comparaciones entre ellos.
  • En la madurez. Por lo general, los celos enquistados de la infancia, son los que hacen que los hermanos, cuando son adultos, no se lleven bien. Lo deseable sería llegar a sentir que tu hermano es un amigo. Pero a los amigos se les elige. A partir de determinada edad, es patológico quedarnos enganchados en rivalidades infantiles, pero para que éstas se superen, se deben aceptar las dificultades. Si uno de los hermanos, por lo general el más celoso, no reconoce sus sentimientos de envidia y sólo los ve en el otro, la relación no puede cambiar. La posibilidad que queda es retirar el afecto a esa persona.

Para el caso concretos de las hermanas las claves de sus relaciones las puedes ver aquí.