Compartir

quiero adoptarEl encuentro entre los padres y el hijo adoptivo conlleva satisfacciones pero también frustraciones. Consiste en algo más complejo que decir: “Quiero adoptar un hijo“, este es solo el principio.

Plantearse la adopción de un hijo

Todos, en cierto modo, somos adoptados, porque son el amor y el deseo los que nos hacen adoptar los papeles de madre o padre para cuidar a un hijo. La maternidad y la paternidad se construyen en la relación con el hijo, incluso cuando se trata de un hijo biológico.

Los padres biológicos también tienen que ‘adoptar un hijo’ una vez que han nacido. Es la inclusión del niño en el afecto lo que le hace crecer. Tal es la premisa de la que parten José Antonio Reguilón y Javier Angulo en su libro ‘Hijos del corazón‘, un texto totalmente indispensable para quienes se enfrentan al reto de la adopción de un hijo.

Estos autores dicen: ‘Todos deberíamos haber sido adoptados. Nacemos, sí, pero no por eso somos hijos de nuestros padres; tenemos hijos, sí, pero no por eso les aceptamos como tales. Es necesario un salto cualitativo: dejar de considerar al niño como un objeto para pasar a considerarlo como un sujeto de deseo‘.

La idea de que todos, en alguna medida, somos adoptados proviene de Sigmund Freud, que en un artículo suyo, ‘La novela familiar del neurótico‘, explica cómo los niños se hacen fantasías sobre su origen y con frecuencia creen que sus padres fueron otros.

Los caminos de la adopción

Plantearse: “Quiero adoptar un hijo” es nombrar un deseo legítimo que no resulta nada fácil de expresar. Una vez formulado, se abre un camino lleno de dificultades.

La espera de un hijo adoptado equivale a una larga gestación durante la que es preciso resolver muchas cosas, unas de tipo práctico o administrativo (certificados de idoneidad, etc.), y otras de orden emocional (ansiedades, temores o dudas inherentes a una decisión tan importante).

La realización del sueño de tener un hijo conlleva muchas satisfacciones, pero también produce momentos de frustración y decepción. El proceso de adopción resulta a veces demasiado largo y, en su transcurso, los aspirantes a padres tienen que pasar por multitud de pruebas y entrevistas en las que se sienten examinados y, con frecuencia, incómodos.

La inevitable espera hasta que se resuelven los papeles, sin embargo, se puede convertir en un tiempo de información y formación. Los profesionales y las instituciones tienen la obligación de ayudar a estas personas y, por supuesto, de velar por los intereses de los niños.

El deseo de ser adoptado

Los adultos buscan un hijo, el niño busca unos padres: ambos tienen derecho a elegir. Los pequeños, cuando su edad lo permita, deben ser informados sobre sus nuevos padres y consultados sobre su deseo de ser adoptados.

Françoise Doltó, psicoanalista de niños, afirma que a partir de los dos años el niño puede desear su adopción y recomienda que se le explique la situación con claridad y se solicite su consentimiento.

Durante la larga espera, los padres deben analizar sus fantasías, elaborar sus conflictos y saber que el niño nunca es causante de los problemas que puedan aparecer después de su llegada, aunque sí puede convertirse en el desencadenante de conflictos latentes. Esto es igual para los padres biológicos.

La historia del hijo adoptado forma parte de él. No sólo se adopta al niño, también se adopta la historia que vivió y que, casi con toda seguridad, fue muy difícil. Al niño hay que decirle siempre la verdad.

Algunas personas creen que el pequeño no sabe de la historia más que lo que se dice o lo que se recuerda de ella. No es así, y si el niño no pone palabras a su historia verídica, su vida se asentará sobre bases inseguras.

Los padres que prefieren callar están convencidos de que les van a hacer sufrir si les dicen la verdad. Ésta hace avanzar en los afectos; la mentira, por el contrario, hace daño y produce resultados patológicos.

Françoise Doltó cuenta la historia de una mujer que tuvo sucesivos abortos porque se había identificado con su madre adoptiva, que había tenido varios embarazos frustrados antes de adoptarla. La mujer se enteró de su adopción después recuperó su fecundidad como resultado de una psicoterapia.

La identificación hunde sus raíces en lo más hondo del alma, hasta el punto de que aún no sabemos qué parte de cada uno de nosotros corresponde a la herencia genética y qué parte a las identificaciones con quienes nos cuidaron en nuestra infancia.

Otro aspecto a tener en cuenta es que la novela sobre el origen del hijo que los adoptantes quieren contarse debe ser cuestionada.

Estos niños suelen proceder de situaciones marginales. La aceptación de tales circunstancias tiene que ser un hecho emocional y no intelectual. Con cada adopción que se realiza comienza una aventura humana que se desarrollará a lo largo de la relación que se construya entre los padres y los hijos.

“Quiero adoptar un hijo”, una decisión en solitario

Cada día son más las mujeres y los hombres que quieren adoptar un hijo sin tener pareja. Conlleva algunos problemas añadidos, pero no más que los que puede tener una madre soltera o un padre viudo.

  • Todos los niños y niñas necesitan la referencia de padres, pero estas referencias tienen que ver con las funciones que estos cumplen. Un hijo necesita que la función paterna opere en su vida para alcanzar una identidad sin muchos conflictos, pero esa función la puede realizar cualquier hombre al que la madre conceda cierta prioridad.
  • Es importante la función, pero no es necesaria la presencia de una pareja para la madre. Si ésta cuenta con una familia o amigos en quien pueda confiar, algún hombre le servirá al niño como modelo masculino. Ella le remitirá a esta persona para que le aconseje y para que pueda formularle preguntas que sólo dirigiría a un hombre. Si el que decide adoptar es un hombre, tendrá cerca alguna figura femenina que cuide al niño y con la que su hijo podrá resolver las preguntas que le haría a una madre.

La función de la pérdida

Conseguir unas relaciones de convivencia estables y satisfactorias entre los adoptantes y el adoptado depende en gran parte de que se elabore una pérdida anterior.

  • Tanto los padres como el niño han de aceptar emocionalmente la renuncia a las condiciones que vivieron antes de su encuentro. El niño debe elaborar la pérdida de sus padres biológicos. Es el sentimiento de abandono y no la adopción lo que causa problemas. Y esto es lo que hace recomendable explicar al niño que sus padres no pudieron hacerse cargo de él, pero que lograron que alguien lo hiciera. De esta forma, la idea de abandono total no funciona en el niño y revierte en que se deje acoger mejor.
  • Los padres tienen que aceptar la pérdida del niño que no tuvieron, de ese hijo soñado que no vino. El niño real nunca es igual que el niño imaginario. Esto es lo mismo para todos los padres. Pero en el caso del niño adoptado hay que contar con que a lo mejor llega después de embarazos fracasados, fecundaciones sin éxito y un largo sufrimiento.

¿Existe el instinto maternal?

  • El psicoanálisis ha demostrado que el deseo de tener hijos no corresponde a la realización de una supuesta esencia femenina. A este deseo se llega después de que la mujer haya recorrido una historia psicológica donde han jugado un papel decisivo las relaciones con sus padres y la identificación que haya tenido con su madre.
  • El deseo consciente de maternidad se apoya en la evolución psíquica de la mujer y, según haya sido la historia infantil, la relación con el hijo se enriquecerá o se verá perturbada. No hay un instinto maternal, lo que no quiere decir que no nos encontremos con mujeres que tienen una capacidad materna desde muy temprano porque las identificaciones con su madre han funcionado sin conflictos.
  • Cuando una niña juega con una muñeca está imitando a su madre, pero trata a esa muñeca como lo que es: un objeto. Proyecta sobre ella todo lo que su madre le hace y en ese juego aprende a ser ella misma la que cuida y es cuidada. La identificación de la maternidad con una función natural y biológica es una idea que afirma que lo más importante en la procreación humana es el proceso de concepción y gestación, y no la tarea de llevar a cabo la construcción de un nuevo ser humano.