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vejezSobre la vejez y el proceso de envejecimiento recaen tantos prejuicios que una de las tareas más arduas que enfrentan los mayores es la de no caer víctimas de ellos. Si bien las personas que envejecen deben enfrentar algunos problemas inherentes a ese momento del ciclo vital, son los prejuicios y no dichos problemas los responsables de la mayoría de las dificultades que los aquejan.

Nunca debemos subestimar el poder de los perjuicios. Son transmitidos por la cultura, se infiltran en nuestro pensamiento y moldean nuestras acciones con una fuerza que muchas veces no alcanzamos a entrever.

La mayoría de los prejuicios acerca de la vejez tienen su origen en un temor ancestral que acompaña al ser humano: el temor de la muerte. En los rostros y cuerpos de las personas mayores se evidencian las huellas del inexorable paso del tiempo. El encuentro con nuestra condición mortal resulta tan insoportable que intentamos desalojarlo de nuestra mente. Intentamos poner distancia ante cualquier situación o persona que nos confronte con la transitoriedad de nuestra vida. El resultado es ese penoso proceso de marginación al que muchas veces son sometidos los mayores, cuyo único delito ha sido el de mostrarnos, como lo hacen de forma infalible los espejos, nuestra propia finitud.

Una de las concepciones prejuiciosas que se tienen del envejecimiento es que éste es sinónimo de enfermedad. Si bien ciertas dolencias, tales como los dolores articulares, son frecuentes en los mayores, no es correcto equiparar vejez con patología. Muchas personas mayores caen víctimas de este prejuicio, se vuelven enfermizas, tienen muchas quejas corporales y demandan excesiva atención médica.

Suele pensarse que el envejecimiento transita únicamente hacia la pérdida o el despojo. Si bien es cierto que las personas que han llegado a mayores han sufrido una serie de pérdidas, algunas familiares y otras referidas al ámbito corporal o físico, ésta no es la única faceta a tomar en consideración. Las pérdidas, cuando son tramitadas psíquicamente mediante un proceso de duelo, permiten su aceptación a la vez que dan paso a situaciones nuevas. Una mirada retrospectiva a lo que ha sido la propia vida puede perfectamente armonizar con la vida que aún continúa.

Hay pérdidas que si no son elaboradas producen un estancamiento nostálgico en el pasado. El temor a perder nuevamente se puede volver tan intenso que impide disfrutar de cada instante. No obstante son muchas las personas mayores que, conscientes de la finitud temporal de su propia existencia, disfrutan de cada momento viviendo la transitoriedad y la fugacidad de los mismos no con angustia sino con placer.

Muchas veces se piensa erróneamente que las personas mayores son pasivas. La actividad es valorada por nuestra sociedad sólo si tiene por finalidad la productividad económica, por eso muchos jubilados y familiares de estos no valoran las actividades que no son remuneradas. Esta concepción errónea que valora la actividad solo si está al servicio de la productividad es la razón de no pocas depresiones en personas de avanzada edad.

Detenernos a pensar en los prejuicios que tenemos evitará que hagamos de forma automática juicios negativos. De no hacer este necesario ejercicio mental nosotros también podemos llegar a ser víctimas de aquéllos en nuestra propia vejez.