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caos interior organizarEl desorden exterior revela, en algunas ocasiones, un caos interior sin resolver desde la infancia. Es la hora de avanzar.

Debido a la dependencia con la que llegamos a este mundo, alguien nos mostró lo que era nuestro y lo que no, dónde terminábamos nosotros y comenzaban los demás. Gracias a ello, aprendimos los hábitos que ordenan nuestra vida.

En primer lugar, el control de nuestro cuerpo y los objetos que nos rodean, en una tarea que duró varios años.

La educación afectiva que recibimos desde el primer momento imprime carácter y nos viene implantada por otro.

Podemos entablar con ese otro una negativa a aceptar sus normas, y para diferenciarnos de él, adoptar la característica opuesta.

También puede existir un deseo de fusión con ese otro que complique el orden psicológico para organizarnos por nosotros mismos.

Además, venimos marcados por el orden que ocupamos dentro del grupo familiar, que puede gustarnos o no.

Aprendemos a controlar nuestro cuerpo, a la vez que se organiza nuestra mente, para después ir dominando poco a poco el mundo que nos rodea y acabar con el caos interior.

Puede ocurrir que hayamos conseguido una adecuación satisfactoria, pero también es frecuente que estemos en lucha por conseguir otra mejor y tengamos alguna dificultad, como le ocurre a Ana.

Discute a menudo con sus hijos porque son muy desordenados, y ella misma no consigue tener las cosas como quiere. Aunque le gustaría ser ordenada, casi nunca lo consigue.

De vez en cuando le dan arrebatos y se pone a colocar las cosas. Pero, al poco tiempo, todo vuelve a estar patas arriba.

A veces cree que como sus hijos no colaboran, es imposible mantener la casa en buen estado. Pero esa no es la razón.

Ana no se sabe organizar, y mantiene una lucha entre cómo tiene sus cosas y cómo le gustaría tenerlas.

¿Por qué no logra llegar a un acuerdo entre cómo es y cómo quiere ser? ¿Por qué se pelea con sus hijos por lo que a ella misma le cuesta tanto? Hagamos un poco de historia. Ana es la menor de tres hermanos y la única chica.

Su padre era profesor de dibujo en un instituto, cariñoso y creativo, era también muy despistado. Por el contrario, su madre, ama de casa, mantenía todo dentro de un orden del que se sentía muy orgullosa, aunque podría considerarse muy rígido. Quería que su hija adquiriera las virtudes que ella valoraba tanto. Nunca lo consiguió.

Mientras creía que hacía lo mejor para su hija, Ana sentía una imposición insoportable y organizó en su psiquis una rebelión inconsciente contra cualquier tipo de orden establecido. Simultáneamente a este rechazo, admiraba profundamente la eficacia organizativa de su madre.

La ambivalencia infantil hacia la madre no está resuelta, y por eso no puede identificarse con ella y alcanzar acuerdos con su propia forma de ordenar su vida.

Si Ana pudiera librarse de esa rebelión inconsciente con su madre, tampoco discutiría tanto con sus hijos, con los que repite la antigua pelea, al no lograr resolver su caos interior.

Si llegamos a un pacto entre cómo somos y cómo queremos ser, nos reconciliaremos con nuestra forma de hacer y organizarnos.