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oporto portugalAllá donde el Duero se derrama en el Atlántico, la ciudad de Oporto sorprende al visitante que hasta descubrir la belleza de sus colinas sólo había oído hablar de sus vinos. La romana Portus, que después fue la pequeña villa de “Cale”, acabó convirtiéndose en el siglo IX en el principal núcleo de la bella Portucale.

Ahora que los portugueses también han acabado de vendimiar es una buena época para visitar el país vecino. Ya comienza el curioso proceso del “oporto”, un vino que tiene el honor de ser la primera denominación de origen controlada del mundo. Este exquisito licor se obtiene de una mezcla ideada por un comerciante británico en el siglo XVIII. Su intención era darle más cuerpo al vino local mezclándolo con aguardiente. El resultado superó sus expectativas y desde entonces los ingleses enloquecen bebiendo oporto, al tiempo que los lugareños se vanaglorian de tener una ciudad maravillosa, donde el ruido de los toneles se confunde con el de los barcos que surcan el río.

Y aunque los turistas no necesitan desplazarse hasta Oporto para degustar sus vinos y a menudo prefieren quedarse en la zona de Lisboa y visitar en la capital el Instituto del Vino de Oporto -donde se sirven más de 600 tipos de este vino-, vale la pena visitar la segunda ciudad de Portugal. (El Instituto tiene, lógicamente, un equivalente en su ciudad de origen, en el centro histórico, junto a la plaza Infante D. Henriquez).

Una vez en Oporto, es recomendable comenzar la expedición parándose en su impresionante puente. Desde aquí se obtiene una impresionante vista del curso del Duero y de las colinas de edificios que han crecido en sus riberas. Algunas de estas construcciones -con mil años de historia en sus piedras- han hecho que la Unesco declare esta ciudad Patrimonio del Mundo. Entre los más destacados está la aduana, que, situada en la orilla del río, mide 268 metros de fachada, y es ahora un lugar que alberga actividades culturales de todo tipo.

Pero quizás lo mejor de la ciudad sea la mezcla de estilos arquitectónicos y culturales: desde los majestuosos edificios que recuerdan vagamente a los que pueden verse en Francia o Flandes (como el Ayuntamiento), hasta los barrios más populares, donde los vecinos tienden las ropas de los colores más variados al sol, ya sea en sus ventanas o incluso en tenderetes improvisados en las calles menos transitadas.

Asimismo, nada como pasear por estas empinadas callejuelas, parándose en cualquier bar que seguro recordará a algún tugurio español y saborear un oporto “branco” como aperitivo. Si ya hemos comido, lo mejor será pedir un “ruby” o un “tawny” para acompañar un trocito de queso o un suculento postre. Para los cafeteros y quienes al anochecer se inspiren al son de un melancólico fado, se recomienda visitar los cafés Magestic o el Elite. Éste último destila un romántico y decadente estilo modernista. Una estampa que le sienta muy bien a estas calles con sabor a sal y licor.