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monasterios meteoraLos monasterios de Meteora se encaraman de manera casi increíble en lo alto de los elevados pináculos y cilindros de roca que ocupan los bordes del valle del río Peneo, en Grecia.

Donde el macizo del Pindo rompe en la llanura de Tesalia se levantan hacia el cielo enormes rocas de formas inverosímiles. Estas moles de piedra, que en ocasiones se elevan más de quinientos metros sobre el terreno, forman unas veces bloques sólidos y lomos extensos; otras, se disgregan dando lugar a finos pináculos y torres de paredes verticales. En el siglo XI los anacoretas sintieron la vibración de este paisaje: en los salientes y oquedades de estas gigantescas peñas se entregaron a una vida de silencio, piedad y contemplación. Dos siglos después en las estrechas plataformas que coronan estos pilares de piedra comenzaron a levantarse los primeros monasterios. Llegaron a erigirse veinticuatro; hoy podemos visitar seis. Meteora significa “en el aire”: al contemplarlos es imposible no preguntarse cómo fue posible construirlos.

Partiendo de la cercana ciudad de Kalambaka encontramos la pequeña ermita de Doupiani. Los eremitas descendían hasta aquí los domingos desde sus cuevas para celebrar en común la misa. Desde Doupiani el camino serpentea ascendiendo entre enormes macizos de arenisca hasta llegar al Monasterio de San Nicolás. Es una estructura regular y austera, casi sin ventanas; sus paredes parecen prolongar las de la piedra. Sólo unas galerías de madera asomadas sobre la arboleda a sus pies rompen la monotonía de la construcción. Junto a San Nicolás sobre la estrecha cumbre de una punta rocosa se distinguen las ruinas de Agia Moni: un terremoto lo destruyó en 1858.

Siguiendo unos pocos kilómetros llegamos al Monasterio de Roussanou. Ocupa en su totalidad la cima de un saliente rocoso desgajado de una estribación más amplia, ciñéndose con decisión a sus bordes. Se accede a él a través de un puente estrecho y vertiginoso construido en el siglo XIX. El puente permitió abandonar las escalas de madera y el mecanismo de cuerdas, cestas y poleas. En Roussanou el camino se bifurca. Siguiendo el sendero que marcha hacia el sur, encontramos el Monasterio de la Santísima Trinidad. Se levanta en lo alto de una columna de roca muy hermosa, de forma compacta y equilibrada, con múltiples fracturas en su cumbre. Es el de acceso más complicado: hay que subir los ciento cuarenta peldaños bastos e irregulares de una escalera de caracol excavada en la roca.

El mismo ramal del camino nos conduce a San Esteban. El amplio monasterio se asienta sobre un holgado puño de piedra de paredes verticales, abriéndose a un patio en su centro. Un pequeño puente salva fácilmente el precipicio que lo separa del cuerpo principal de la montaña. Abajo contemplamos el valle del Peneo: hilos de plata que centellean en una llanura fértil. Si en la encrucijada optamos por el camino que se dirige al norte llegamos, en cambio, al Monasterio de Varlaam. Cuando sus fundadores treparon hasta la cumbre de este farallón sintieron la soledad y el viento; pensaron entonces que “este lugar amplio y airoso era apto para la permanencia y la meditación”.

En las paredes de Varlaam vemos frescos de colores fuertes que representan la Pasión de Jesucristo y la vida de los santos. En la oscuridad densa del templo resplandecen el oro y el minio, las pinturas rojo intenso y azul cobalto, los santos pálidos y estilizados de movimiento leve y nimbo perfecto y dorado. En esta sombra brillante la piedad abandona las convicciones serenas; toma aquí en cambio el carácter de la postración y lo extraño. Poco más allá está el Monasterio de Gran Meteoro o de la Transfiguración. Es el más grande y antiguo, el más ricamente decorado, el más solemne. Como una ciudadela, ocupa la coronación quebrada de un promontorio enorme y robusto. Fue fundado por Atanasio el Meteorita: “voló a esta gran roca, la más alta de todas, a la cual llamó por ello Meteoro, y encontró sobre la cima un lugar divino, que transformó en paraíso”.

En las cumbres de Meteora podemos hoy sentir la amalgama de luz, viento, tiempo y silencio que impulsó a los eremitas a escalar la roca. También el estremecimiento que, según sus propios testimonios, sintieron ante este paisaje. La literatura medieval religiosa nos habla a menudo de la vida monástica como búsqueda: “de la Gracia divina”, de “la Iluminación del Corazón”, de “la Transformación de los seres y las cosas”. Algunas veces nos dice que es necesario que hallemos “una escala secreta que lleve a la terraza del cielo”. En Meteora tenemos la certeza de que un grupo de afortunados la encontraron.