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complejo de inferioridad‘Trágame tierra’, se dijo Adela cuando, al encontrarse en una fiesta con un hombre que le gustaba, tropezó y cayó delante de él. Quedó en el suelo, con la falda muy subida, y todos los que la rodeaban esbozaron una sonrisa. Adela se puso roja. Él la ayudó a levantarse y ella le dio las gracias tenuamente. Se fue corriendo al baño y allí casi llora de vergüenza o de rabia, no sabía muy bien qué sentimiento era más fuerte.

Estaba furiosa consigo misma. Cada vez que se acercaba a ese hombre o a algo que le interesaba, metía la pata. No soportaba hacer el ridículo y, sin embargo, era experta en ponerse en situaciones de este tipo. Adela era demasiado exigente consigo misma y no soportaba quedar mal. De pequeña había sufrido burlas de sus compañeros de clase porque era gordita. En su casa, por el contrario, su padre estaba muy orgulloso de que su hija fuera tan buena estudiante y su madre de que le luciera tanto lo que comía.

Adela compensó su descontrol con la comida con el dominio de sus estudios. Compensó con sus notas el complejo de inferioridad que sentía hacia su cuerpo e intentó reprimir lo que proviniera del mundo de los sentimientos. Cuando estos amenazaban con salir, se descontrolaba mucho. Entonces tropezaba, se equivocaba, era torpe y comenzaba a criticarse ferozmente.

Una imagen interna muy rígida 

¿Por qué hay personas que temen tanto hacer el ridículo? ¿Por qué la gente se ríe cuando el ridículo lo hace otro? Cuando se tiene una imagen de uno mismo que exige perfección no se tolera hacer el ridículo. Las personas que temen mostrar algo de sí mismas que no es ‘correcto’ suelen depender de una imagen interna rígida. Les preocupa demasiado el qué dirán. Su ‘yo’ no soporta que se produzca un descontrol que conduzca a una situación capaz de provocar la risa. Este descontrol suele liberar tensiones que la persona no ha percibido o ha intentado negar.

Por ejemplo, si alguien se cae cuando sube las escaleras para hablar en público, puede estar expresando que le da miedo o que no quiere hacerlo. Una situación en la que alguien se pone en ridículo suele provocar risa porque muestra lo vulnerables que somos y se prefiere ver ese aspecto en otra persona en vez de en uno mismo. Sin embargo, hay una identificación con ese otro que hace el ridículo, porque nadie está libre de ser superado por las fuerzas inconscientes que sentimos como ajenas por su carácter ‘inconsciente’. Tras un exagerado miedo al ridículo se hallan dificultades psicológicas relacionadas con una falta de autoestima y una rigidez ante los afectos.

Se temen estas situaciones porque a ellas van enlazadas ideas de que podemos ser objeto de burla, de ser rechazados por los demás, lo que nos conduce a no sentirnos queridos. Estas ideas provienen de proyectar sobre los otros la exigencia que tenemos sobre nosotros y de nuestra intolerancia ante los errores ajenos.

Cómo evitar el miedo al ridículo

Hay varias actitudes que conviene poner en práctica para evitar el miedo excesivo al ridículo:

  1. Ríete el primero de lo que te ha ocurrido. Así, los otros te acompañarán y se reirán contigo, no de ti. 
  2. Reflexiona sobre si dejarías de estimar a alguien porque ha hecho ocasionalmente el ridículo. 
  3. Asume que quien deja de estimarte por haber metido la pata no te conviene como amigo. 
  4. Recuerda si tuviste algún suceso infantil en el que te sintieras humillado por cometer un error.

Qué es el complejo de inferioridad

Es un sentimiento profundo que nos hace vernos muy imperfectos en relación a los otros. La expresión proviene de Adler, que lo relacionaba con una sensación basada en una inferioridad orgánica real y lo explicaba así: ‘los defectos constitucionales y estados análogos en la infancia exigen una compensación en el sentido de una exaltación del sentimiento de la personalidad. El sujeto se forja una meta claramente ficticia caracterizada por la voluntad de poder‘.

Freud, sin embargo, lo relacionaba con características psicológicas y lo explicaba como la tensión interna que hay entre el ‘superyo’ (la instancia psíquica en la que residen los ideales a los que se aspira), y el ‘yo’. El ‘superyo’, que proviene de los ideales transmitidos por los padres y por la cultura en la que vivimos, es inconsciente y nos conduce a alcanzar las metas que nos proponemos. Un ‘superyo’ rígido e intolerante no perdonaría al ‘yo’ ser como es.