malas contestaciones hijosAl crecer, los hijos necesitan definir su personalidad. Unos se enfrentan a las directrices de los padres de forma verbal utilizando malas contestaciones. Pero como padres, debemos aceptarlo, aunque no aprobarlo. Escucha a tu hijo y ayúdale a hacerse mayor.

Los adolescentes, por lo general, son contestones y rebeldes, siempre lo han sido, pero tienen sus razones.

Los padres a veces lo pasan mal y no saben cómo reaccionar ante una mala contestación o un gesto agresivo de su hijo; ese mismo hijo que quizá antes era un niño amable y encantador.

La transformación se debe a que los chicos, al crecer, necesitan definirse no sólo en la dirección que les gustaría a los padres, sino también en la contraria, debido al temor de que los padres les dicten su personalidad sin dejarles escoger.

Esta dialéctica de oposición suele manifestarse en enfrentamientos verbales que se traducen en lo que llamamos ‘malas contestaciones‘, que tanto malestar crean a veces.

Una buena educación

La intensidad de las agresiones verbales del hijo está en relación directa con la falta de dominio de su agresividad. Este dominio se va adquiriendo, poco a poco, pero de manera imperceptible, a través de la educación.

Si durante este proceso el niño o la niña han podido expresar su agresividad sin ser demasiado censurados, aunque sí guiados por parte de los padres, habrán aprendido a dominarla.

Expresar los sentimientos negativos mediante la palabra es la mejor manera de aprender a dominarlos. Cuantas más posibilidades tiene un niño de mostrar hostilidad a sus padres, que siempre va envuelta en afecto, mejor será su salud mental.

Acepta, pero no aprueba las malas contestaciones

Aunque no nos guste, esas manifestaciones constituyen un modo de ir desligándose de sus mayores, de la dependencia que les ata a ellos. También favorecen que se vaya disolviendo la rabia que esta dependencia les produce.

Las malas contestaciones son una forma de provocar a los padres y de impedirles hablar, pero también de mostrar la rabia que les produce depender tanto de su opinión.

Conviene no entrar en la batalla que plantean y dejar que organicen su propia guerra interna. Lo mejor es aceptar esas impertinencias, lo que no significa aprobarlas.

Conviene dejar al adolescente un espacio para que experimente y se dé cuenta de su falta de control, pero sin tomarle demasiado en serio, sin disgustarse ni interesarse en exceso por lo que dice.

Entonces el adolescente, al darse cuenta de que sus palabras no provocan ninguna reacción, cambia de actitud, creyendo que su cambio no es fruto de la presión de sus padres, sino de su propia decisión.

No se trata tanto de dejarle decir lo que quiera, como de adoptar ante sus agresiones verbales una actitud que le permita averiguar dónde está el enemigo; no fuera de él, sino en su interior.