Compartir

los desamoresSi elegimos equivocadamente a nuestra pareja, el mundo emocional se nos viene abajo. Y la clave hay que buscarla dentro de nosotros, no culpar al otro de los desamores.

Relaciones muy dolorosas

Cuando sufrimos mucho en una relación de pareja es porque estamos trasladando a ese vínculo interpersonal una mala relación con nosotras mismas.

Una baja autoestima y fantasmas inconscientes que ocultan las claves de nuestra vida afectiva se ponen en marcha para que un ‘amor’ nos haga sufrir. Pero, más que amor, es dependencia. Nuestros impulsos nos conducen a una escena sadomasoquista en la que el que sufre parece la víctima de otro, cuando, en realidad, es víctima de sí mismo.

En estos casos, ese otro que hace sufrir tanto es la coartada para no enfrentarnos con nosotras mismas. Preferimos que esa persona sea la mala antes que enfrentarnos a la capacidad que tenemos para hacernos daño.

Son nuestros impulsos más desconocidos los que nos empujan hacia la elección de una u otra pareja. Estamos dominados por deseos inconscientes que deberíamos tratar de hacer conscientes, lo que sería una forma de dominarlos.

La última razón de lo que nos ocurre siempre está dentro de nosotras. Hay que dejar de sufrir para enfrentarse a la verdad individual, para decidir y elegir aquello que nos haga sentirnos mejor.

Desgracias encadenadas

Cuando los desamores se repiten y son habituales en tu vida, conviene que te hagas preguntas y reflexiones estos puntos:

  • Quizá el problema esté más en ti que en tu pareja, que ha sido una elección tuya. Tienes que investigar qué te llevó a esa relación. Responsabilizarte de tu desamor no quiere decir que te culpes por él.
  • Revisa si detrás de esa relación se esconde una dependencia que oculta el miedo a hacerte cargo de tu vida y pregúntate sobre los proyectos que tienes.
  • Huir de ti misma es imposible, porque sólo te conducirá a encontrarte con aquello de lo que te quieres alejar. Por eso se repiten las desgracias amorosas. Si se corta con el otro sin saber qué es lo que nos hizo elegirle, volveremos a organizar un modelo de relación parecido. Busca lo que no va bien y analízalo y, si lo necesitas, acude a un profesional.

El arte de los sentimientos

  • Según el psicólogo Theodor Reik, el amor sólo es posible cuando se ha llegado a cierta fase de desarrollo individual; no es innato ni primario. Es el fruto de un desarrollo psíquico. Antes de reconocer al otro como distinto a nosotros, de aceptarle en sus diferencias y de llegar a quererlas porque a nosotros nos faltan, nos creíamos confundidos con él. Amamos al otro porque así realizamos el deseo de acercarnos a aquello que no tenemos.
  • La disconformidad que mantenemos con nosotros mismos precisamente porque somos limitados e imperfectos, se elimina cuando nos sentimos amados. Quien se siente seguro del afecto de otros consigue mayor grado de autoestima. Esta afirmación de sí mismo le otorga valor y se atreve a querer. Para poder amar se debe tener cierta confianza en uno mismo, saber quién se es y cómo se quiere llegar a ser. Una persona que nunca fue apreciada tendrá muchas dificultades para amar.
  • La escuela en la que recibimos las primeras e imborrables lecciones para querer a otro fue nuestra familia. Si en el código afectivo de nuestra infancia se confundía el amor con el sufrimiento o la dependencia con la sumisión, tenemos casi garantizados unos vínculos adultos patológicos. Es preciso romper con esas asociaciones enfermizas y enfrentarnos al vacío de crear otros modos de relación en los que el sentimiento afectivo se asocie a la libertad y al respeto.

El origen de muchos desamores

Los padres de Elena eran la pareja perfecta: se querían mucho, se apoyaban en todo y siempre estaban juntos.

Sin embargo, este panorama afectivo no le aportó a Elena lo que necesitaba; más bien la llenó de desamparo, pues su padre no tuvo nunca ojos para ella ni para su hermano, pendiente como estaba siempre de los deseos de su mujer.

En realidad, parecía un niño que necesitaba tener a mamá orgullosa de él. Por eso descuidó la relación con sus hijos. Elena culpaba a su madre de lo que ocurría y sentía hostilidad hacía ella por acaparar de esa manera a su padre.

Aunque Elena no se daba cuenta de todo esto, su inconsciente le llevaba a elegir hombres que también estaban con otras mujeres, repitiendo un círculo vicioso emocional de desamores del que no podía escapar.

En el fondo creía que no merecía ser querida por un hombre, puesto que el primero de su vida, su padre, no la quiso. De otro lado, la hostilidad hacia su madre le hacía sentirse tan culpable que no le permitía identificarse con ella para ocupar un lugar importante en el corazón de un hombre.

La necesidad que Elena tiene de su pareja está más basada en una dependencia patológica, provocada por unas fantasías inconscientes, que en una auténtica relación de amor.