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jardín japones kyotoLa ciudad de Kyoto fue durante casi once siglos la capital imperial de Japón. Sus jardines son la más hermosa y delicada muestra del amor por la naturaleza y la tradición contemplativa del budismo zen, dos claves de la cultura japonesa.

Una antigua leyenda sobre el Buddha nos muestra a un guerrero herido en batalla por una flecha. El guerrero no quiere que se la extraigan; antes quiere saber el nombre del que la lanzó, desde dónde lo hizo, su longitud y forma, por qué ha tenido que atravesarle a él. En la parábola Buddha nos explica: “yo enseño a extraer la flecha”. Esta flecha es el mundo, con su variedad y problemas, con la complejidad de nuestra relación diaria con él.

Ryoan-ji jardínLos jardines japoneses de Kyoto son una muestra de esta búsqueda del sosiego interior propia del zen. Más de cincuenta jardines históricos en templos y palacios de madera, conjuntos de piedras y rocas, lagos, arroyos y cascadas, colinas, castaños y cerezos diseñados para la contemplación forman uno de los conglomerados paisajísticos más interesantes del planeta. Quizás el más célebre de estos jardines sea el del templo de Ryoan-ji, del siglo XV, ejemplo de lo que los japoneses denominan kare sansui o “jardín seco”.

En un reducido recinto quince rocas musgosas se sitúan sobre la arena blanca rastrillada. Desde cualquier punto del templo el visitante (o aquél que medita) sólo alcanza a ver catorce; si se mueve siquiera levemente una de ellas aparece, otra desaparece.

El escritor francés Paul Claudel escribió que la visita a este recinto inmutable pone al viajero en presencia de la eternidad.
Otro efecto común de los jardines secos de Kyoto es la sugestión del agua. Podemos contemplarlo en el templo de Daisen-in. El jardín representa un paisaje en miniatura, piedras de todos los tamaños nos representan de manera vívida un curso de agua, obligándonos a “leerlo” de izquierda a derecha. Ese agua, naturalmente, no existe.

En Kyoto también abundan los jardines para el paseo. Los más originales e íntimos de éstos son sin duda los jardines para la ceremonia del té. La ceremonia requiere que el invitado recorra un sendero de piedra hasta el pabellón o cabaña donde tomará el té. Desde este camino podrá disfrutar del jardín, que se le irá apareciendo como una secuencia de visiones sucesivas. El mejor ejemplo es la escuela del arte del té de Omote-Senek.

Otros jardines de paseo, como el Templo del Pabellón Dorado o el parque Santo-Gosho se nos muestran más espaciosos. Pero quizás sea en la famosa villa imperial de Katsura donde podremos encontrar el mejor compendio de todas estas técnicas: lagos, islas, pabellones, puentes y senderos, colinas, pequeños jardines de té…

Antes de entrar en el sendero del té el antiguo ceremonial nos indica que hemos de librarnos de todo aquello que nos ata: “tu religión, tus suegros, pensar en lo que posees, en las guerras de tu país, y en las virtudes y vicios del hombre”. La contemplación de los jardines zen de Kyoto nos invita a desquitarnos de la flecha del mundo.