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Hiperactividad y alimentaciónLa hiperactividad infantil afecta a niños con umbrales cortos de atención y problemas de concentración, incapaces de parar, despistados y desordenados. Hasta hace poco, el único ‘tratamiento’ era el castigo. Hoy sabemos que estos pueden ser los síntomas del ‘trastorno de déficit de atención con hiperactividad’, un problema que puede prolongarse hasta la edad adulta, en la mitad de los casos, y que afecta al rendimiento escolar y a la vida social. También sabemos que puede existen una relación entre hiperactividad y alimentación.

Desde el reconocimiento de este trastorno como tal, los casos se han disparado en Occidente (en España se duplican cada año). La obsesión es tal que millones de niños occidentales (afecta a entre el 3% y el 5% de la población infantil, y cuatro veces más a los niños que a las niñas) siguen tratamientos -con anfetaminas, antidepresivos o atomoxetina-, a menudo sin un diagnóstico serio.

En el lado positivo, padres y educadores ya saben que los niños afectados no son responsables de su comportamiento. Con un gran componente hereditario, este síndrome tiene que ver con singularidades cerebrales concretas. Se ha visto que los niños afectados tienen más transportadores de dopamina que los que no tienen este problema.

Un tratamiento a base de dieta: hiperactividad y alimentación

Se habla cada vez más de la conexión de este trastorno con alergias alimentarias, eccema y asma. Se ha comprobado que esos problemas mejoran con la supresión de la dieta de sustancias sospechosas de provocar reacciones inflamatorias (colorantes, conservantes, salicilatos) y con cambios en el tipo de grasas consumidas. Expertos de la Universidad de Harvard (EE.UU.) reconocen que ‘en muchos casos, estos niños responden si se incluyen cambios en su dieta’. Además del tratamiento que decida el médico, es beneficioso:

  • Aumentar el consumo de ácidos grasos Omega-3 (los tiene el pescado azul) y de aceites monoinsaturados (como el de oliva), que ayudan a controlar la inflamación. 
  • Reducir la ingesta de grasas animales y azúcares. 
  • Vigilar los efectos de los alimentos que contienen salicilatos (almendras, manzanas, tomates, cítricos, uvas, ciruelas…), que pueden tener efectos inflamatorios. Otras sensibilidades incluyen lácteos, trigo, soja, huevos… 
  • Consultar al especialista si conviene administrar al niño suplementos de vitamina C, vitamina E, complejo B y de los minerales magnesio, zinc y calcio (muchos niños son deficitarios en algunos de ellos).