Compartir

fisiologia envejecimientoParalelamente al cumplimiento de los años, en las etapas avanzadas de la vida, el proceso de envejecimiento se acompaña de una serie de cambios biológicos, físicos y psicológicos que se identifican como fisiológicos o normales. Sólo en los casos en los que su incidencia por su impacto es superior al esperado, representan un riesgo para la salud y condicionan una mala calidad de vida. Trataremos brevemente estos cambios y aquellos otros relacionados con la alimentación y la nutrición en la tercera edad.

Por un lado, la grasa corporal aumenta en proporción al peso total y sufre cambios en su distribución. El aumento de grasa se hace a costa de una disminución proporcional de la masa muscular o masa magra.

En la composición de nuestro organismo podemos distinguir tres grandes bloques de materiales: masa ósea, grasa y agua. En las personas mayores la distribución de estos tres grandes componentes de la estructura de nuestro organismo, cambian, es lo que se conoce como fisiología del envejecimiento.

Por otro lado, la masa ósea disminuye en ambos sexos especialmente en las mujeres después de la menopausia, siendo mas frecuente la osteoporosis, con el consecuente riesgo de fracturas derivados de la mayor fragilidad de los huesos.

Por otro lado, existe una disminución de la proporción total de agua corporal especialmente de la que se encuentra alojada dentro de las células. Este hecho tiene gran trascendencia en la distribución de los fármacos que tan frecuentemente se consumen en estas edades, especialmente aquellos que son solubles en agua, no debiendo perder de vista que en el tratamiento de la hipertensión y de la insuficiencia cardiaca, es común y frecuente administrar medicamentos diuréticos que interfieren en la regulación del agua corporal. Esto explica la mayor vulnerabilidad de las personas mayores ha sufrir procesos de deshidratación y descompensaciones hídricas.

El proceso de envejecimiento o fisiología del envejecimiento, afecta también significativamente a los procesos de la digestión, absorción, utilización y excreción de los nutrientes, lo que unido a la menor actividad que realizan las personas mayores, exige tomarlas en consideración a la hora de plantear el tratamiento dietético o el soporte nutricional de las personas en estas circunstancias.

En concreto, paralelamente al envejecimiento, en el aparato digestivo se producen una serie de cambios como la disminución de la capacidad secretora del aparato digestivo en jugos gástricos, enzimas digestivos y pancreáticos, saliva, sales biliares, etc. Estos cambios, hacen que las personas mayores tengan más dificultades para asimilar una ingesta excesivamente pesada aunque en conjunto no tengan handicaps importantes para la digestión en ninguno de los alimentos que habitualmente componen una dieta normal.

Las alteraciones que se producen en la mucosa intestinal pueden, en algunos casos, condicionar una disminución en la absorción de hierro, calcio, ácido fólico, lo que podría justificar la mayor frecuencia con que la anemia del anciano se presenta en estas edades.

Otro cambio a considerar por su relación con la dieta es la frecuencia con que el estreñimiento se presenta en las personas de edad avanzada. La disminución de la musculatura que interviene en la propulsión del contenido fecal en el intestino, la falta de ejercicio físico o la dieta excesivamente pobre en residuos, así como la insuficiente ingesta de líquidos junto con la disminución fisiológica de la producción de moco intestinal, hacen que sea un problema frecuente que requerirá ajustes dietéticos para disminuir su impacto.

La pérdida de piezas dentales y el mal cuidado de la boca que afecta a un porcentaje muy alto de ancianos, condiciona una mala masticación por la que estas personas frecuentemente evitan determinados alimentos que comen con dificultad. Como consecuencia de esto se pueden producir desajustes en la dieta que condicionen una malnutrición del anciano. Es frecuente observar en estas personas una disminución del consumo de carne, de verduras crudas, pan y frutos secos, por la dificultad para la masticación. La disminución de producción de saliva completa y agrava este problema. Por otro lado, la coexistencia de enfermedades crónicas de tipo neurológico o muscular dificulta la masticación y la devolución obligándoles a hacer dietas blandas muchas veces incompletas.

Los cambios sensoriales en el gusto, en el olfato, incluso en la vista, tienen también su valoración desde el punto de vista de la nutrición del anciano. Está bien demostrado que con el envejecimiento, se producen cambios en el gusto de los alimentos, y es frecuente que las personas que antes no eran golosas, encuentren atractivos los alimentos dulces o los alimentos salados derivados, una disminución de la sensibilidad de estos sabores que les induce a endulzar y a añadir más sal o azúcar a los alimentos para percibir su auténtico sabor del mismo modo que lo hacían en edades más jóvenes.

La presbicia, es decir, la disminución de la agudeza visual y la distorsión en la percepción de los colores, presente en estas personas es especialmente importante justificando la importancia de presentar bien los platos y el color que tienen los alimentos. No debe olvidarse todos los aspectos psicológicos relacionados con el proceso de la alimentación, en los que la vista y el olfato juegan un importante papel.

Finalmente, conviene apuntar algunos cambios en el metabolismo de los nutrientes que se producen en paralelo al envejecimiento, y que forman parte de la fisiología del envejecimiento, tienen su traducción en las recomendaciones dietéticas y nutricionales que han de hacerse en esta parte de la vida.

La más importante quizá es la disminución de las necesidades de calorías a ingerir, como consecuencia de la disminución de la actividad y de los cambios en la distribución de la masa magra, la grasa y el agua ya citados anteriormente. La consecuencia más evidente de estos cambios es la disminución de las células que necesitan energía, por lo que el metabolismo basal de estas personas respecto a etapas anteriores es menor. Esto unido a la disminución de la actividad física obliga a hacer ajustes en el aporte de calorías totales de la dieta en las personas mayores.

Por otro lado, ya se ha apuntado la importancia que en estas edades tiene la satisfacción psicológica derivada de el hecho de tomar una buena comida “es de las pocas satisfacciones que me quedan” (dicen algunos ancianos), lo que lleva a estas personas a hacer comidas copiosas, a veces excesivas, en conjunto con más cantidad de calorías de las necesarias con las consecuencias correspondientes sobre la obesidad y todas las enfermedades relacionadas (diabetes, hipertensión, artrosis, elevación del colesterol en sangre, etc.)

La incidencia de la diabetes es muy alta en la tercera edad, así como la existencia de trastornos metabólicos de los hidratos de carbono que se dan en muchas personas como consecuencia de una menor actividad de las células secretoras de insulina y de los mecanismos que regulan su acción a nivel de las células. Esto dificulta la utilización de glucosa y aumenta su nivel en sangre. La mayor ingesta de alimentos dulces cierra el círculo que condiciona este gran paquete de trastornos íntimamente relacionados con la alimentación en la tercera edad.