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dieta, perder peso, falsas creenciasTodos los especialistas coinciden: perder peso en muy poco tiempo puede resultar arriesgado. Por fortuna, la mayoría de las personas que se ponen a hacer una dieta drástica se cansa antes de que ésta llegue a tener un efecto nocivo sobre el organismo.

Los errores más comunes que se cometen cuando decidimos por cuenta propia imponernos una dieta drástica:

  1. Lo primero que se suprimen son los hidratos de carbono. A pesar de su mala fama, la realidad es que éstos aportan 4 kilocalorías por gramo, y las grasas, en cambio, 9 kilocalorías por gramo. En toda dieta se recomienda un 55-60 por ciento de hidratos de carbono; sin embargo, la mala costumbre habitual es superar la proporción de grasas y de proteínas.
  2. La patata queda erradicada porque engorda. Depende: hervida o asada, como guarnición, aporta una cantidad de kilocalorías similar a la de un lenguado al horno. Las «chips» o las patatas fritas, en cambio, sí engordan, o los purés elaborados con mantequilla, o las patatas asadas acompañadas de salsas a base de nata, mahonesa o quesos grasos.
  3. Pasta y legumbres pierden puntos. En realidad, se trata de carbohidratos complejos de absorción lenta que resultan ricos en fibra, tanto soluble (con efecto hipocolesterolemiante e hipoglucemiante) como insoluble (que mejora el tránsito gastro-intestinal). El problema de las legumbres es cómo las preparamos (chorizo, tocino…). Si las añadimos sólo arroz, patata y verdura, se consigue un plato muy equilibrado con proteínas de alto poder biológico.
  4. Comer sin agua. No hay por qué dejar de tomar agua en las comidas: no engorda ni antes, ni durante, ni después. Por el contrario, es muy necesaria para hidratar el organismo e incluso para favorecer la regulación intestinal.
  5. Fruta cuestionada. Tampoco engorda: aporta aproximadamente unas 50 kilocalorías por cada 100 gramos de porción comestible.
  6. Suprimir el desayuno. La peor decisión: espaciar tanto las comidas desata el hambre y lleva a comer más desordenadamente. Además, se reduce la capacidad de atención y el rendimiento intelectual, hecho que hay que tener en cuenta, sobre todo, en el caso de niños y adolescentes en edad escolar. Lo más recomendable es obtener el 25 por ciento de la energía del desayuno, entre 25-30 por ciento de la comida y otro 20-25 por ciento de la cena, reservando entre un 10-15 por ciento para la media mañana y la media tarde. El resto hay que obtenerlo entre horas, pero no «picoteando», sino comiendo menos más a menudo.
  7. Huevos, ni de lejos. A no ser que exista una patología que los desaconseje, no hay que olvidar que aportan albúmina, una proteína de alta calidad, y que su aporte de colesterol es de unos 200-225 miligramos (admitimos hasta 300 al día). Es más, habría que tener en consideración que lo verdaderamente patológico es no comerlos, ya que se se ha visto que en pacientes anoréxicas las tasas de colesterol son sorprendentemente elevadas como consecuencia de una mayor síntesis endógena. El mismo resultado se produce si la persona se somete a un determinado estrés.
  8. Dietas disociadas y otras rarezas. Están basadas en principios pseudocientíficos. Nuestro organismo no «parcela» la digestión de los alimentos, y además ¿qué pasa con los que tienen un poco de todo, como la leche, que aporta grasa, hidratos de carbono y proteínas? Peor aún son las que se basan en la ingesta exclusiva de grasas o de proteínas, porque pueden perjudicar al organismo de forma importante. Para empezar, producen cuerpos cetónicos y eso da lugar a una acidosis metabólica y a una alteración metabólica generalizada. Además, no sólo se movilizan grasas, sino que se pierde agua, produciéndose una deshidratación que puede resultar muy perjudicial para el normal funcionamiento del organismo; también se pierde masa proteica.

Todo esto nos vuelve a recordar lo importante que es la educación nutricional. El problema es que no sabemos comer. Hay que intentar mantener una dieta variada, equilibrada y tomar de todo en pocas cantidades.