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El centro de la Costa Brava nos descubre un Mediterráneo diferente, donde cada rincón puede convertirse en un viaje atrás en el tiempo en sus pueblos medievales, o un disfrute de sus maravillas naturales, playas y acantilados. Una excursión por la Costa Brava puede convertirse en un viaje por el mar y el tiempo.

Las playas nos atraen como un imán. Más aún si ese mar es el Mediterráneo, portador de leyendas y promesas, que a veces acaricia las playas, sin que parezca avanzar hacia la tierra, y otras se enreda en un juego con las rocas, escondiéndose entre sus pliegues.

Tierra de acantilados y contrastes

En el trecho de costa que rodea el cabo de Begur, más o menos en el centro de la Costa Brava, el macizo del Montgrí viene a precipitarse sobre el mar, dibujando en sus acantilados un paisaje grandioso. Y, en la retaguardia, unas manchas espesas de pinos, que refrescan nuestra visión cuando volvemos la cabeza en pleno baño de mar para ver la tierra desde el agua. En este entorno de Begur las carreteras son sinuosas y, aunque van bordeando el mar, sólo lo dejan ver por momentos para luego alejarse.

Y es que el mar aquí se oculta tras los recovecos, y hay que bajar a buscarlo. Como en la bellísima ensenada junto a Cap-sa-sal, con su mirador espléndido y sus escaleras para lanzarse a disfrutar del agua. O en las vecinas calas de Sa Tuna y Aiguablava;el agua es azul, clara; las casas están repartidas en las laderas y una tiene aquí la sensación de que el mundo es un balcón desde el que se contempla el inmenso mar.

Tradición y turismo

Algo más al norte del cabo de Begur, el paisaje va cambiando lentamente, los acantilados se suavizan y dejan paso a pequeños promontorios, tras los que se asentaron pueblos de pescadores, donde una excursión por la costa brava se vuelve más tranquila. Localidades como Sa Riera ya no viven de la pesca sino del turismo, aunque mantienen un encanto especial de enclaves tranquilos.

Si seguimos hacia el norte (ahora la carretera se aleja del mar), dejamos a nuestra derecha la extensa playa de Pals, interrumpida por las desembocadura del Daró y la del río Ter, responsable de la llanura que se ha ido formando con las tierras de aluvión que arrastra. Los más antiguos del lugar recuerdan los extensos arrozales que modificaban el paisaje cada temporada.

La magia del medievo

Desde Torroella de Montgrí se accede en un salto a L´Estartit. La primera tiene un interesante núcleo con un antiguo palacio -que fue residencia, en el siglo XIV, del rey Juan I -una plaza porticada y una estupenda iglesia gótica. La segunda parece eclipsarse ante la cercanía de las islas Medes, tras sus costas se esconden algunos de los pueblos más hermosos del Bajo Ampurdán.

Begur es tranquilo, amurallado, con algunas estupendas casas de indiano y tiendas, bares y pequeñas salas de exposiciones de un gusto exquisito. Peratallada esconde en el interior de sus murallas, y al otro lado de los fosos medievales, un conjunto armonioso de palacio y castillo.

A Ullastret lo que realmente le distingue son las ruinas ibéricas que se sitúan en las afueras: un poblado totalmente excavado, con curiosos monolitos de significado indescifrable. Y Pals, encaramado en una colina, al que su condición de escenario medieval casi totalmente reconstruido, no le resta belleza y una cierta magia.