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Si hay desacuerdo entre cómo nos vemos y cómo queremos ser podemos caer en una desaforada lucha contra las curvas. El excesivo culto al cuerpo puede llevarnos a situaciones desagradable y aceptarnos como somos es el mejor tratamiento de belleza.

Aceptar nuestro cuerpo

culto al cuerpoApenas sabemos nada de nuestro cuerpo y, lo que es peor, nos relacionamos con él como si no quisiéramos conocerlo, obligándolo a responder a una imagen interna que tampoco sabemos cómo se ha formado.

Delante del espejo nos volvemos las más severas críticas de sus formas. Siempre hay algo que sobra o algo que falta: que si tenemos cartucheras, que si poco pecho, que si mucha tripa… Siempre falla algo por lo que no podemos aceptar nuestro cuerpo.

Pero cuando se produce un cierto acuerdo entre cómo nos vemos y cómo queremos ser, cuando conseguimos sentirnos satisfechas con nuestro cuerpo y lo aceptamos, entonces parece que adquirimos una luz interior que nos favorece. El mejor tratamiento de belleza es aquel que nos conduce a un acuerdo entre el cuerpo biológico y el psíquico.

La vivencia que cada persona tiene de su cuerpo se produce por la suma de dos experiencias: la personal y la socio-cultural a la que pertenece. La personal esta plagada de sensaciones y percepciones que desde el principio de nuestra vida se han ido conformando en un continuo intercambio con la madre, primero, y con el mundo, después.

El cuerpo hoy

Actualmente se aprecia un exagerado culto al cuerpo, pero a un cuerpo delgado. Hay una sospechosa lucha contra las curvas que nos conduce a valorar lo andrógino, a proponer líneas rectas y a comprimir la carne en unas minitallas donde quizá quepa una adolescente, pero no una mujer.

Cabría preguntarse si en esta propuesta cultural de lucha contra la curva no se esconde un rechazo a lo femenino, a aceptar nuestro cuerpo. La mujer libre no es dominable. El deseo de hacerlo compensa la dependencia que se ha tenido hacia la figura de la madre y elimina el miedo de que ella no esté, allí.

Curiosamente, ahora que la mujer ha ido conquistando más terreno en lo social, se propone más culto al cuerpo para seguir colocándola como objeto sexual.

El cuidado como fetiche

Poner mucha libido en el cuidado del cuerpo es una manera de evitar enfrentarnos a los conflictos de nuestro psiquismo. Puede restar energía para pararnos a meditar en cómo va nuestra sexualidad o nuestras relaciones amorosas o cómo nos sentimos emocionalmente.

Muchas veces tratamos de acallar la infelicidad psíquica concentrándonos en el cuidado del físico. A falta de colocar el amor en las relaciones interpersonales o en los trabajos que nos gusten, lo colocamos sobre nuestro cuerpo y lo tratamos como un objeto. Intentamos dominarlo porque no lo respetamos.

Lo encorsetamos porque nos da miedo la libertad de sentir y de dejarnos llevar por unos impulsos que no son del todo dominables. Así como seamos de tolerantes con nosotros, lo seremos con nuestro cuerpo.

La neurosis estética: el culto al cuerpo

  • La excesiva preocupación por la estética, así como la tendencia a modelar el cuerpo según una imagen propuesta por la sociedad, puede conducir a la neurosis.
  • El cuerpo, como la sexualidad, no puede ser del todo controlado. La tendencia a hacer entrar nuestro cuerpo en tallas pequeñas da cuenta de una angustia social que intenta de nuevo controlar a la mujer.
  • Como la incorporación de la mujer a la vida social es ya imparable, surge un nuevo control: el de su cuerpo.
  • Una sexualidad plana y sin curvas, una sensualidad poco femenina y encorsetada es una sutil forma de dominio ¿El mundo de la moda y de la estética está al servicio de la mujer o se sirve de ella?
  • Hace más de un siglo, cuando las sufragistas trabajaban por la emancipación de la mujer, la moda aprisionaba su cuerpo con una prenda que se puso de moda: ‘el corsé’.

El peso de la mirada del otro

  • Algunos expertos en psicología femenina consideran que el deseo de ser reconocidas como deseables hace colocarse a las mujeres en la situación de objetos más que como sujetos de su propio deseo.
  • Las mujeres observan cómo son miradas por los hombres, lo que determina no sólo las relaciones entre hombres y mujeres, sino también la relación que la mujer tiene consigo misma: el observador que tiene la mujer dentro de sí es masculino.
  • Esta propuesta es interesante para reflexionar sobre ella, y podría explicar algo del enfrentamiento entre los sexos, ya que las mujeres cada vez soportamos menos la dependencia del hombre y, sin embargo, no sabemos que estamos alienadas en una mirada que no la conformamos nosotras, sino que viene del sexo masculino y de nuestro deseo de complacerles. ¿Somos las mujeres nuestras peores críticas?