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Las Islas Cícladas hacen realidad nuestra imagen de las islas griegas: mar, cielo azul, calas retiradas, pueblos encalados, puertos de pescadores. Os proponemos un viaje independiente a través de ellas; sólo hay que subir y bajar de los transbordadores que las unen.

islas griegas andorsEs posible alcanzar la mayoría de las islas del Egeo en el transbordador que parte del Pireo. Llegar a Andros, la más septentrional de las Islas Cícladas es un poco más complicado: un corto viaje en autobús desde Atenas nos deja en el puerto de Ráfina; desde allí nos esperan poco más de dos horas de ferry.

Andros es sorprendentemente verde: cuando la recorremos por las carreteras que serpentean por su interior encontramos pequeñas montañas boscosas, hoces cubiertas de vegetación, y, súbitamente, valles soleados en los que se cultivan olivos y viñas. En las terrazas de las laderas hay aisladas grandes moreras e higueras de sombra frondosa.

El paisaje de las islas griegas es a menudo árido, de una sequedad que unas veces acentúa y otras atempera la luz del mar. En Andros se multiplican, en cambio, los motivos de frescor. En los rincones de sus montes manan, entre zarzas y arboledas, numerosos arroyos; en toda la isla sentimos el meltémi, el vigorizante viento del norte que sopla de manera suave y sostenida, el mismo viento que a veces nos estorba en sus playas.

Andros, la más fértil de las islas Cícladas, no es aún una isla turística; no debemos por ello concebirla como un lugar aislado; no seremos en ella pioneros del descanso. En Andros hay prosperidad y cierta organización; algunos atenienses ricos han construido aquí sus villas en el mar; los armadores que nacieron en la isla se han cuidado de preservar este lugar. Simplemente, el turismo aún no ha roto una forma de vida y esta presencia genuina hay que apreciarla en lo que vale.

En Batsi, el mejor lugar de la isla para hacer noche, se adivinan las primeras trazas de desarrollo: tienen aún un encanto ingenuo. Hay allí un pueblo de pescadores, una playa rodeada de pinos y cubierta en un extremo por dunas herbosas, escalinatas, casas blancas, patios con parras, terrazas cultivadas. La chóra o capital de Andros es una ciudad distinta.

Levantada sobre un promontorio rodeado de playas agradables que se introduce en el mar, recorremos la ciudad entre arbolados paseos de mármol y mansiones neoclásicas. En algunas puertas vemos labradas las imágenes de grandes galeones de tres palos: éstas fueron las casas de los capitanes. Subiendo y bajando por un laberinto de cuestas llegamos al castillo que los venecianos construyeron para preservar su vida y comercio de la piratería.

Andros se nos revela hoy como una isla próspera y feraz. No siempre fue así; la isla fue en su tiempo un lugar yermo y duro. A veces es curioso observar cómo nuestra imagen de un paisaje contrasta con la que de él nos ofrecen los cronistas antiguos; el mundo siempre ha venido cambiando y no siempre en el sentido que esperamos.

Tras la victoria de Salamina los atenienses exigieron a los habitantes de Andros un tributo por haber apoyado a la flota persa. Alegaron, según Heródoto, venir en su busca acompañados de dos divinidades poderosas, Persuasión y Coacción.

En el relato que hace el griego de la respuesta de los andrios asoma una el retrato de una isla baldía habitada por gente irónica: “les respondieron que con razón era Atenas una ciudad poderosa y rica, teniendo en cuenta que hasta gozaba de divinidades serviciales”; ellos, por su parte, difícilmente podrían entregar un tributo: “dos deidades poco serviciales, Pobreza e Incapacidad” regían sus vidas; estas diosas “no sólo no abandonaban la isla sino que residían allí permanentemente con ellos”. Heródoto sólo insinúa la historia de opresión y asedio que sigue; es una más en el Mediterráneo de aquel tiempo.

islas griegas tinosUn corto viaje en transbordador desde Andros nos deposita en la isla de Tinos, también accesible desde el Pireo. La geología de Tinos es una continuación de la de Andros, de la que la separa un pequeño estrecho. Si acaso ésta es una isla ligeramente más dura, en la que el granito, el esquisto y la caliza se revelan, aquí y allá, asomando entre lomas y laderas, con mayor franqueza. También es más lisa y nos resulta más fácil recorrerla. El meltémi nos recuerda de nuevo la similitud entre ambas islas. En Tinos bate los campos con más fuerza; no en vano los antiguos llamaron a ésta la “Isla de los Vientos”.

Diseminados entre las colinas, rodeados de viñas e higueras, encontramos numerosos palomares de hermosa apariencia. Son torres blancas y cuadradas, decoradas con vivacidad por vanos geométricos con forma de triángulos o rosetones por los que entran y salen las aves. En estas construcciones se adivina el gusto veneciano: fueron los italianos los que introdujeron la cría de la paloma en Tinos. El ave mensajera era para ellos un símbolo de amor y concordia; su cría, un refinado juego. Con el tiempo esta amigable función de comunicación se volvió más introspectiva: los pichones se convirtieron en el fundamento de la dieta de la isla.

En la chóra de la isla está la Iglesia de la Anunciación. Es un importante lugar de culto para los griegos; en marzo los transbordadores llegan a Tinos atestados de peregrinos en busca de consuelo o curación.

Las escaleras del santuario esperan su turno para besar el icono incrustado de oro y perlas; aquéllos que sientan que sus peticiones han sido atendidas contribuirán con sus exvotos dorados a enriquecer el oscuro y brillante interior de la iglesia. El viajero también nota los efectos de este fervor: los precios son notablemente más altos en la isla. Abandonamos Tinos en un nuevo ferry. Nos dirigimos a Mykonos, y de ahí a Delos: vamos en busca de los santuarios de Apolo.