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castillo gormaz soriaHubo un tiempo en que el Castillo de Gormaz, en Soria, fue la plaza fuerte más imponente del continente. Su emplazamiento dominante hizo de él un símbolo de terror y amenaza para los antiguos habitantes cristianos de estas tierras.

A mediados del siglo X, en un gran y solitario cerro cercano al Duero, los musulmanes edificaron una de las fortalezas más perfectas y hermosas de su tiempo, una alcazaba inquietante que difícilmente podía compararse con ninguna que hubieran visto antes los ojos de sus enemigos. El castillo de Gormaz se alza sobre un enorme cerro testigo de unos cuatrocientos metros de largo por cuarenta de ancho, casi completamente plano en su coronación, ocupándolo en su totalidad. Este alcor, rematado por una placa horizontal de calizas que añaden una defensa natural al bastión, se eleva más de un centenar de metros sobre el valle del Duero, aislado en la llanura que lo rodea.

El río, ya aquí de aguas abundantes, describe una curva suave alrededor de él. La mota es visible desde decenas de kilómetros; desde ella también se domina desahogadamente la misma distancia. Mirar desde el otero de Gormaz hacia la vega que se extiende debajo dispensa una sensación de dominio y facilidad. Visto, en cambio, desde el valle el efecto es el de un gran barco navegando la ininterrumpida llanura de cereal, con una presencia incisiva, afianzada y poderosa.

Durante un siglo Gormaz fue la cabeza de puente del Califato al norte del Duero, el punto fuerte y avanzado de los árabes en la llamada frontera media. La fortaleza garantizaba el paso de los vados del Duero a la vez que fijaba la divisoria: frente a frente se situaban los árabes y los castellanos (éstos en las vecinas plazas de Osma y San Esteban), encarados, observándose y hostigándose. Cuando miramos Gormaz desde el llano dilatado no es difícil adivinar la sensación de inquietud y amenaza, casi de pesadilla, que debió suscitar en los antiguos cristianos de la frontera. La presencia de este espolón árabe en sus tierras, inminente e intimidatoria, debió instaurar a su alrededor un desasosiego atenazante y continuo.

Una vez en la fortaleza, lo primero que llama la atención es la fidelidad con que se adapta al cantil calizo que la realza. El recinto, enorme (más de 10.000 m2), se extiende de este a oeste, con las ruinas del antiguo alcázar en el lado oriental, a modo de un segundo castillo en su interior. Hacia poniente se sitúa el alargado patio de armas, donde los restos de las antiguas construcciones yacen hoy cubiertos por la pradera. En él se encuentra la oquedad de un gran aljibe. Y, a los lados, enmarcando el patio, mirando a norte y sur, los lienzos de los muros, de unos diez metros de altura en muchos tramos. Es particularmente hermoso el muro norte en el que sobre la muy escarpada ladera se sitúan diez torres a trechos iguales. Al sudoeste, en un lienzo de limpia sillería, se encuentra, por último, la famosa puerta califal. Sus formas suaves y cordobesas, cuidadísimas, puras, contrastan con la eficacia defensiva y directa del resto de la fortificación.

A diferencia de otros castillos, que han sido testigos mudos de una historia de prevención, contención o desuso, símbolos congelados y soñolientos, la historia de Gormaz es la historia sangrienta de cien años de enfrentamiento, temor y audacia. A los pies de la alcazaba tuvo lugar una de las grandes batallas de la Alta Edad Media. En el año 975 el Conde Garci Fernández, “el de las manos blancas”, coligado con los reyes de Pamplona y León cercó con sesenta mil hombres el castillo de Gormaz. En las abigarradas crónicas árabes encontramos la salida “vistosa, con ejército estrepitoso” del general Galib, “espada de la venganza”, desde Córdoba en auxilio de la plaza y la ansiedad de la ciudad por tener noticias del cerco; vemos la batalla entre los ejércitos cuando los muslimes “lanzando dardos como un solo hombre, (…) lanzando el terror, pusieron sus lanzas y espadas en las gargantas y espaldas de los infieles”; contemplamos a “García ben Fernandino, piérdale Allah,, llorar la destrucción de sus sembrados y el incendio de sus habitaciones“. Encontramos, en fin, todas las trazas de un tiempo vigoroso, inseguro y sombrío.