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canal de castillaHasta la aparición del ferrocarril el Canal de Castilla fue una importante vía de comunicación. En él se hacían realidad muy viejas aspiraciones. Os proponemos un viaje al tiempo escaso en que Castilla fue navegable.

La historia del Canal de Castilla es la de doscientos años de empeño y frustración. Desde principios del siglo XVI muchos visionarios soñaron con una Castilla recorrida por canales navegables. Éstos habrían de unir las principales ciudades de la región entre sí, y éstas, a su vez, con el mar. Castilla producía lana, cereal y vino en abundancia; su exportación era, en cambio, cara y difícil. La separación entre los hombres había negado la salida natural al mar en Oporto y las carretas atravesaban penosamente los puertos verdes y neblinosos de Reinosa en su camino hacia el mar. Muchas veces el grano francés o inglés resultó más ventajoso a los comerciantes de la costa. Doscientos años después los ilustrados españoles hicieron de este sueño de prosperidad un emblema de sus ideas. El tiempo del orgullo, la religión y la conquista había terminado; había llegado el momento de entender las causas de nuestras flaquezas.

Los ilustrados imaginaron de nuevo una España navegable: las barcazas y falúas recorrerían plácidamente las aguas que, desde el Guadalquivir, el Tajo, el Duero y el Ebro, manarían sobre una maraña de canales; el grano, el aceite y la lana llevarían el bienestar, la abundancia y la felicidad de unas tierras a otras. En 1753 se inició la construcción del canal. Fue un proceso dificultoso y lento, penoso, muchas veces interrumpido y reanudado. A lo largo de casi cien años se excavó un surco en las llanuras; se levantaron diques y azudes, esclusas que permitirían a las barcazas salvar los desniveles, sencillos puentes y discretos acueductos a través de los cuales el canal atravesaba ríos y arroyos.

A sus orillas se edificaron astilleros, embarcaderos y almacenes; al pie de las esclusas y presillas, se construyeron molinos y batanes. En 1860 el Canal de Castilla alcanzó un tiempo de esplendor que hoy sabemos breve e incierto: casi cuatrocientas barcazas lo recorrían; en los saltos de agua trabajaban prósperamente numerosas fábricas de harina. Si bien el proyecto inicial esperaba unir en pocos años Reinosa con Valladolid, Segovia y León a través de la Tierra de Campos, al término de un siglo se lograron resultados notablemente más escuetos. El canal que hoy vemos tiene la cabecera en Alar del Rey, cuarenta kilómetros al sur de Reinosa; allí un azud remansa y separa las aguas del Pisuerga. Esta cinta verdosa, ceñida apenas por esporádicos álamos, fluye mansamente hasta Frómista, mostrando tan sólo su espumeante vitalidad en saltos y esclusas.

En Calahorra de Ribas, el Canal toma del Carrión una pujanza nueva. Poco más adelante, se escinde en dos ramas. La primera atraviesa la Tierra de Campos hasta Medina de Rioseco; la segunda alcanza Valladolid. A lo largo de estos doscientos kilómetros de canalización podemos contemplar las huellas de los tiempos de bonanza: allí están los restos de almacenes, molinos y batanes; junto a las esclusas, la arquitectura sobria y funcional de las fábricas de harina. Cada una se denominaba por el número de la esclusa en la que se asentaba. Algunas de ellas, como “La 26”, aún funcionan. A menudo vemos también junto al Canal discurrir paralelas las vías del tren: la fuerza de los tiempos invalidó pronto el esfuerzo de cien años; la estampa de las barcazas de Castilla tuvo la presencia diluida y fugaz de un sueño.

A los lados del Canal encontramos un paisaje despejado y adusto. En la llanura se suceden los barbechos y rastrojeras, los páramos, sementeras y cultivos. El aire es fresco y limpio; el cielo es silencioso, amplio, azul intenso. En junio esta tierra monótona se dora. Es, en cierto modo, la idea de Castilla que nos han enseñado a concebir. Junto a estas llanuras perfectas hay, no obstante, un paisaje animado: aquí y allá asoman moderados cerros y colinas; junto a ellos, negras manchas de encinar; en todos los rincones, discretas alamedas, regatos. La historia del Canal de Castilla no es sólo la de la construcción de muros, acueductos y diques; en ella encontramos también la novela extraña de la relación entre dos hombres. En 1750 el marino Antonio de Ulloa recorría entretenidamente Europa dedicado al espionaje industrial. El Gobierno le encargó la búsqueda de un experto en la construcción de canales; en París conoció a Carlos Lemaur, quizás el más afamado de su tiempo. Durante dos años, Lemaur topografió pacientemente Castilla, y proyectó los canales que habrían de unir sus ríos y sus ciudades. Al comenzar las obras del Canal de Castilla en 1753, Lemaur recibió sorprendido una noticia: Ulloa habría de ser el director de éstas; él sería, por contra, el técnico capaz, el manso experto.

La historia que sigue es fácil y, también, compleja. Un hombre oprime a otro en una llanura áspera. Ulloa es un ilustrado (ama la línea recta) y un noble español (desprecia el dinero, al menos el ajeno). Lemaur es cabal y es preciso; es trabajador. Estos dos hombres se enfrentan en cada colina, acueducto, puente, esclusa. El canal de Lemaur serpentea con placidez entre los cerros y se ciñe con suavidad a la falda de las lomas; el agua corre en él rápidamente; permite navegar y regar; su coste es discreto. El canal de Ulloa es, por contra, directo y evidente; cuando no puede con el relieve, lo excava y lo desmonta. Como es previsible, unas veces Ulloa posterga a Lemaur; otras, le necesita. En cartas y en mapas encontramos esta historia. Al leerla nos recuerda un mundo que todos conocemos; es también tentador verla como una alegoría. Pensamos a veces que ciertas frustraciones y fealdades del mundo profesional son un invento de nuestro tiempo; dos ilustrados en Castilla, en el siglo XVIII, en un canal, nos recuerdan que eso no es así, que pocas cosas son nuevas.