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Es la calle más importante de San Petersburgo. En las márgenes de la avenida Nevski se suceden las iglesias y palacios, los cafés y galerías comerciales, que nos ilustran acerca de la vida en la que fue la ciudad emblemática de la Rusia de los zares.

“Nada hay tan hermoso como la avenida Nevski, por lo menos en San Petersburgo; porque en San Petersburgo esa avenida lo es todo. Y vamos a ver, ¿hay algo más gozoso, más brillante y resplandeciente que esta arteria de nuestra capital?”. Así comienza “La Avenida Nevski”, uno de los más deliciosos cuentos de Nikolai Gogol, y ésta es, a su vez, la impresión que nos queda tras una visita a la más espléndida ciudad del Báltico.

La avenida Nevski no es sólo la calle principal de San Petersburgo, la más hermosa y majestuosa, la más comercial y animada, aquélla en la que se encuentran los edificios más distinguidos. En Rusia, la avenida Nevski es “la calle” por excelencia. No hay otra en la que se reconozcan de igual manera las que hasta hace poco más de un siglo fueron las esperanzas y contradicciones de esta compleja nación. En el tiempo del todopoderoso gobierno de los zares, en el que San Petersburgo se convirtió en el centro de una aristocracia amante de la opulencia y la ostentación y de una burguesía pujante, la avenida Nevski fue la encrucijada en la que a diario se daban cita el refinamiento y el poder, los afanes y ambiciones, el deseo de triunfo y la exhibición social. Esta impresión de relevancia ha permanecido de algún modo viva en la memoria que todos los rusos guardan de esta calle.

La avenida Nevski se extiende, a lo largo de casi cinco kilómetros, atravesando puentes y canales, desde la aguja dorada del Almirantazgo, junto al río Neva, hasta el Monasterio de Aleksandr Nevski, en el otro extremo de la ciudad. A ambos lados de la calle, la arquitectura produce una sensación de amplitud, equilibrio y homogeneidad. Durante centenares de metros las fachadas, de un estilo neoclásico sereno y sencillo, avanzan alineadas, regulares. En ocasiones esta unidad se rompe y la avenida se dilata en grandes plazas o en la perspectiva de canales de agua lisa a los que podemos asomarnos desde la elaborada forja de los puentes. A nuestro paso encontramos iglesias monumentales y palacios barrocos pintados de colores suaves, decorados con esculturas y relieves.

Originalmente, la avenida Nevski era el camino por el que llegaban desde Moscú los suministros y materiales para la construcción de la ciudad incipiente. Pedro el Grande, tras sus viajes por Europa, había decidido construir un gran astillero y una base naval desde los que hacer frente al poder sueco en el norte. En 1703 fundó San Petersburgo en el delta del Neva. Su sueño último era crear una ciudad equiparable al Amsterdam que tanto había admirado; hizo para ello venir a artesanos y arquitectos de toda Europa.

Las obras fueron muy complicadas. Una red de canales fue excavada para drenar las marismas de la boca del río y miles de troncos se clavaron en el suelo pantanoso para afianzar los edificios más relevantes. En toda Rusia se prohibió edificar en piedra: sólo podría hacerse en la ciudad que el zar ansiaba. Las memorias de la construcción de la ciudad nos recuerdan aquel momento difícil. En un lado de la avenida Nevski encontramos en estas historias el terreno explanado, los primeros palacios y carruajes; en el otro, mientras tanto, los lobos galopan en el bosque gélido.

Algunos edificios de la avenida nos evocan especialmente un tiempo de vigor y despotismo; son los caprichos brillantes a los que dio lugar la concentración de poder. El palacio Stróganov, en el que las columnas blancas resaltan de los muros verdosos, fue propiedad de la familia más rica de Rusia. Los Stróganov hicieron fortuna con el monopolio de la sal y el comercio de pieles; fueron también, en el siglo XVI, fundadores de ciudades y promotores de la colonización de Siberia. Sólo respondían de sus actos ante el zar.

El enorme palacio Ánichkov fue, por su parte, el regalo que la zarina Isabel hiciera en 1750 a su amante el conde Aleksey Razumovski, famoso tanto por su ambición como por la hermosura de su voz. La magnanimidad del obsequio se corresponde con la imagen que nos ha llegado de aquel período. La zarina Isabel era una mujer en la que se juntaban la belleza y el talento, con un amor insaciable por la diversión y el lujo. La corte debía seguirla en interminables cacerías y fiestas de patinaje. Los días ociosos permanecía tendida en un diván hablando con su grupo de damas de compañía; la tarea de éstas era hacerle cosquillas en los pies. Tenía más de quince mil vestidos. La sucesora de Isabel, la emperatriz Catalina la Grande, decidió mantener el sentido de la inversión real en el palacio Ánichkov: fue el regalo que hizo a su amante y socio el Príncipe Potemkin.

La iglesia Armenia, que pintada de blanco y azul se levanta elegantemente poco más allá del canal Griboiédov, tiene también su origen en este tiempo de fasto. Su construcción fue financiada por Ioakim Lazárev, un mercader armenio que se encontró repentinamente convertido en un hombre inmensamente rico tras vender un diamante gigantesco y exótico, de formas perfectas, al conde Orlov. Orlov, que había sido amante, consejero, y uno de los conspiradores que alzaron al trono a Catalina la Grande, pretendía así conquistar de nuevo el favor de la zarina.

El diamante Orlov, que así es conocido en la actualidad, tiene dos historias singulares que quieren revelarnos su origen incierto. Según la primera, el diamante resplandeció durante siglos en la oscuridad de un templo hindú en Mysore; allí era adorado en el ojo de un ídolo atroz. Un desertor francés lo robó en la confusión de la guerra y huyó con él a Madrás; allí lo vendió a un capitán de navío inglés; éste a su vez lo revendió a un comerciante persa. Según la segunda historia el diamante Orlov no sería otro que el mítico diamante Gran Mogul, desaparecido para siempre en 1747 tras el asesinato de su propietario, Nadir Shah.

La iglesia armenia de la calle Nevski es un lugar marmóreo y silencioso, de una belleza clásica y fría que recordamos haber conocido antes. Los amantes de las rarezas, aquellos que se entretienen con los ídolos temibles, con los desertores franceses, los aristócratas rusos desesperados y los diamantes que desaparecen, sabrán, en cambio, apreciarla.