kilimanjaroNadie puede decir que ha estado en Africa si no ha alcanzado a ver el Kilimanjaro. Así lo dice al menos el escritor Javier Reverte para explicar la fascinación que produce esta inmensa mole volcánica que se erige aislada sobre la vasta planicie masai del Africa oriental. Aunque sólo sea su cumbre nevada asomada tímidamente entre un mar de nubes, su imagen es difícil de olvidar.

El Kilimanjaro es una buena opción para acercarse al Africa mítico de las grandes exploraciones, al continente cautivador descrito con maestría por Hemingway y Dinesen. Al mismo tiempo ofrece a cualquier senderista la posibilidad de añadir a su lista de ascensiones una cima de casi 6.000 metros sin las dificultades técnicas que exige una montaña de esa envergadura en otras latitudes. Su situación geográfica -300 kilómetros al sur del Ecuador- la cercanía del Océano Indico y la altitud la convierten en un privilegiado parque temático de la naturaleza que encierra en 800 kilómetros cuadrados una insólita variedad de ecosistemas y paisajes: selvas frondosas, áreas de monte bajo, desiertos alpinos y masas glaciares. Su silueta redondeada, omnipresente y sobrecogedora, se extiende a lo largo de casi ochenta kilómetros de longitud elevándose 4.800 metros por encima de las sabanas de Kenia y Tanzania.

Las referencias al Kilimanjaro son muy antiguas, pero sólo en el siglo XIX, cuando el continente negro se convirtió en la meca de exploradores, los primeros occidentales distinguieron su cima e intentaron coronar su cráter. Tras muchos intentos fallidos de ascenso al Kilimanjaro en 1889 el alemán Hans Meyer se atribuyó la gloria. Hoy queda poco de aquel legendario espíritu aventurero. La declaración de Parque Nacional en 1973 y las estrictas normas de visita han logrado preservar este paraje excepcional del turismo incontrolado, además de proporcionar una importante fuente de ingresos a Tanzania, un país pobre aunque con un pasado reciente tranquilo lejos de la tumultuosa historia de sus vecinos.

El monte Kilimanjaro comprende tres volcanes hoy extinguidos. El Kibo (5.895 m.) -el más elevado-; el Mawenzi (5.149 m.) y el Shira, de casi 4.000 metros. La ascensión a Kibo, nuestro objetivo, es un recorrido fácil que transcurre por sendas anchas y bien marcadas. El único obstáculo es la baja presión atmosférica. Por encima de 4.000 metros la falta de oxígeno obliga a ralentizar la marcha y el ritmo de vida para conjurar el temible mal de altura que puede desembocar en un fatal edema. De las 10.000 personas que intentan cada año la subida aproximadamente el 40 por 100 fracasa por causa de una aclimatación inadecuada.

kilimanjaro desde arribaLa ascensión al Kilimanjaro puede hacerse por cuatro vías diferentes. Proponemos en esta ocasión la ruta Marangu, el trayecto más popular y el más sencillo, bautizado por la población local como la ruta coca-cola.

Desde las ciudades de Moshi o Arusha, puntos de partida habituales, el recorrido hasta la entrada del parque nacional transcurre primero entre acacias y baobabs para introducirse después en parajes de fertilidad y frondosidad desbordante. En Marangu, puerta de acceso al Parque, sorprenden los edificios de recepción, construciones en madera que recuerdan las cabañas de las zonas alpinas centroeuropeas. Antes de empezar a caminar es obligatoria la contratación de un guía del parque y muy recomendable el recurso a los porteadores locales que se encargarán de transportar parte del equipo y preparar las comidas en los refugios.

Sin transición, en apenas unos metros, empieza la ascensión a través de un ancho camino de tierra que se abre paso, a duras penas, entre una espesa masa forestal que evoca las imágenes infantiles de las salvajes selvas de Tarzán. Esta franja boscosa que circunda el perímetro de la montaña es el pulmón del Kilimanjaro, el origen de las lluvias y del anillo de nubes aferrado con frecuencia a sus laderas entre los 2.500 y los 3.000 metros.

En el corazón del bosque nos atrapa una neblina densa y húmeda, casi fantasmal. Otras veces, las menos, la luz intensa consigue filtrarse a través de los pocos resquicios que dejan las ramas, los líquenes retorcidos en los troncos y los cientos de especies vegetales que se enroscan y trepan creando un espacio enmarañado y fantástico. El Kilimanjaro no es, por el contrario el mejor lugar para obsrevar la fauna. Sólo resulta fácil distinguir entre el follaje a los juguetones monos azules que reclaman nuestra atención con agudos chillidos.

En ese entorno transcurre el recorrido en una suave pero constante subida. Cuatro horas de camino serán suficientes para alcanzar el refugio de Mandara (2.720 m.), nuestra primera escala. El alojamiento se distribuye en pequeñas cabañas para ocho personas, dotadas incluso de luz eléctrica alimentada por placas solares. La etapa termina con un ritual que se repetirá en cada nuevo refugio. Un reparador almuerzo con palomitas, cacahuetes tostados, café, cacao o té caliente.

A la mañana siguiente el sendero continúa encajonado en un idílico paisaje boscoso. Pero la altura empieza a condicionar la vegetación de manera implacable. A partir de los 2.900 metros las márgenes se aclaran, la vegetación pierde altura y la perspectiva se abre cada vez más. En poco tiempo surge ante nosotros una vasto terreno ondulado sembrado de arbustos y ericas. La vista nos permite seguir sin dificultad a lo largo de varios kilómetros el camino salpicado de una hilera discontinua e incesante de porteadores y turistas. Es la jornada más larga. Contemplaremos por primera vez algunos endemismos como las lobelias, y sobre todo, los senecios gigantes, plantas que pueden alcanzar hasta 10 metros, de gruesos troncos rematados por una corona de enormes hojas alargadas.

Tras 20 kilómetros de marcha, se alcanza el refugio de Horombo, ya a 3.700 metros. Por fin, aparece ante nosotros la cumbre del Kilimanjaro y las lenguas del glaciar que descienden por su cara oeste. Hacia el este emerge la afilada cresta del Mawenzi. Su porte, más alpino y recortado que el Kibo, y su altura, nada desdeñable, lo convierten en un objetivo muy codiciado. Hoy en día los riesgos de desprendimientos no hacen aconsejable su ascensión aunque su silueta proporciona algunas de las vista más impresionantes del viaje.

La jornada siguiente empieza temprano. El trayecto hasta el último refugio no es larga pero conviene llegar con tiempo suficiente para comer y reposar adecuadamente antes de iniciar el ataque a la cumbre esa misma madrugada. La altitud ejerce en el paisaje una influencia decisiva. La vegetación se hace más escasa progresivamente hasta que el panorama, superado el collado que separa el Kibo del Mawenzi, por encima de los 4.200 metros, se convierte en un árido desierto lunar, de enormes piedras negras y un terreno de polvo y ceniza.

En cuatro horas alcanzamos el refugio de Kibo (4.720 m.). Muy alejado de las cómodas cabañas alpinas que hemos disfrutado hasta ahora, se trata en realidad de un edificio de circunstancias, muy precario, que deja entrar un frío helador. Importa poco ya cuando se está a tan sólo unas horas del objetivo final. Es el momento de una apresurada comida antes de recogerse en el saco de dormir. Si las fuerzas lo permiten y el día acompaña siempre merecerá la pena sacrificar unos minutos de descanso para contemplar cómo el Mawenzi enrojece frente a nosotros con los últimos rayos de sol.

La ascensión comienza de madrugada. A las 12 de la noche el refugio registra una frenética actividad, patente en el paseo desordenado de destellos luminosos producidos por los frontales. El intempestivo horario de partida hacia la cumbre no es casual. La climatología permanece más estable durante la noche y es por la mañana cuando alrededor de la cumbre pueden formarse tormentas y peligrosas ventiscas. Sólo ascendiendo de madrugada tendremos tiempo suficiente para coronar a primeras horas del día, perder altura y regresar en la misma jornada al refugio de Horombo.

El frío es intenso. El sendero asciende suavemente hasta los 5.000 metros. En este punto, el camino empieza a zigzaguear sin descanso para salvar el fuerte desnivel que nos separa del Gilmans Point (5.800 m.), desde donde ya sólo será necesario bordear el cráter del Kilimanjaro hasta llegar a la cima. Son estos 800 metros la parte más dura de toda el viaje. El frío, la altitud y la fuerte pendiente hacen interminable este trayecto, sólo recompensado cuando transcurridas ya tres cuartas partes de la ascensión, el sol se levanta por detrás del Mawenzi ofreciendo un espectáculo inolvidable y suavizando la temperatura.

Desde Gilmans veremos por primera vez uno de los glaciares del Kilimanjaro, hoy en regresión a pesar de su imponente aspecto. Toneladas de hielo afiladas dispuestas en terrazas, enormes bloques prismáticos de un reflejo cegador que crean un fuerte contraste con la aridez de la parduzca tierra que lo rodea. Lo peor está superado aunque resta todavía al menos una hora de camino. La enorme hondonada volcánica, los glaciares, cada vez más cercanos, y la vista sobre el Mawenzi hacen más llevadera esta última etapa.

Está usted en Uhuru Peak, uno de los volcanes más altos del mundo y la mayor cumbre de Africa. En la ancha cima del Kilimanjaro un gran cartel de madera nos da la bienvenida al Pico de la Independencia, el nombre con el que los tanzanos han bautizado la cumbre. Objetivo cumplido después de casi ocho horas de marcha y cuatro días de ascensión. Nada se sabe del esqueleto seco y helado de leopardo que según Hewingway yacía cerca de la cima. Nadie ha podido explicar nunca -decía en su célebre relato Las nieves del Kilimanjaro- qué buscaba el leopardo por aquellas alturas. El panorama no defrauda. Frente a nosotros se extiende una inabarcable llanura oculta por un mar de nubes inmenso. En la lejanía las siluetas del Monte Meru (4.500) y del Monte Kenia -otra de las cumbres míticas del continente- sobresalen como dos islotes. A nuestros pies, Africa.

Las otras Vías de ascenso al Kilimanjaro son: Ruta Umbwe (para montañeros expertos), Ruta Machame (la más difícil y bella), Ruta Mweka (es la más corta y directa pero su fuerte desnivel hace que sea empleada por algunos montañeros para la bajada), Ruta de la Meseta de Shira (la más larga y menos concurrida).

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